martes, 9 de agosto de 2011

El Silbido de Suipacha y 27


El Barrio PYM, tuvo desde sus comienzos algunas particularidades. En él, no solo vivían personas, seres humanos comunes y corrientes, habitaban también algunos seres sobrenaturales. Estos seres, en algunos casos producto de la imaginación colectiva, influyeron en el barrio y hasta podría decirse moldearon de cierta forma el carácter de sus habitantes. Un caso similar al de los habitantes de la antigua Roma, que haciéndose eco de las predicciones de Eritea, vivían en temor absoluto de los Periteos. Si bien este tipo de situaciones dista mucho de las acaecidas en el barrio, sirve para ilustrar un hecho sucedido hace ya algunos años.
El Silbido de Suipacha y 27, debe su nombre al lugar donde comúnmente hacia sus apariciones. Era un ser extraño y peligroso para algunos, hasta el momento nunca fue sujeto de estudio ni formo parte de ninguna compilación, bestiarios, etc. Era más bien tímido pero no por esto, los habitantes del barrio se negaban a restarle peligrosidad. Al principio, no se dejaba ver, posiblemente le diera temor salir y andar entre los hombres. Se lo podía escuchar en esas mañanas de invierno, donde el deber de la escuela, nos sacaba a la calle bien temprano, con la orejas frías y la nariz colorada. Su silbido era tan claro y musical, que merecería el calificativo de canto. Muchos fueron los que se perdieron cuando se internaban en el baldío de pajas e hinojos, en donde hoy se encuentra el Colegio Nacional. De ellos nunca se supo más nada, solo unos pocos pudieron informar de lo sucedido, los que se libraron a tiempo del encantamiento, contaron y escribieron al respecto con proliferación de detalles. Esto hizo que El Silbido, permaneciera oculto por algún tiempo. Lo cierto es que las tropelías del personaje no se hicieron esperar y las desapariciones comenzaron a sucederse, a ser noticia, parecía no haber forma de detenerlas. Las desapariciones, comenzaron a ser cosa común, se decía por aquel tiempo que algunos aprovechaban este escenario para abandonar a sus esposas, y así justificar algunas noches de farra. La Policía local, presionada por la ONG Mujeres sin marido, inicio una investigación tendiente a esclarecer estos hechos. Según figura en los registros de la época, luego de entrevistar a todas las damas, que victimas del Silbido, habían perdido a sus maridos, concluyo que este ser, atacaba solo a hombres. Acto seguido se dispuso a buscar paralelos en casos anteriores y siguiendo los consejos de algunos eruditos locales, se internó en la lectura del libro de Las Mil y Una Noches, y el compendio de seres imaginarios de Jorge Luis Borges, tratando de encontrar en estos relatos algún ser, un Efrit, etc, con características similares y así poder establecer un patrón operativo.
Mientras todo esto sucedía, El Silbido, ajeno a manejos burocráticos, seguía cobrando víctimas. A pesar de algunas teorías, muchas de ellas esbozadas por amantes de la ciencia ficción, entre ellos nuestro amigo Puli, que insistían en la existencia de una puerta hacia otra dimensión, es el día de hoy que aún se desconocen los motivos que impulsaban a este ser a obrar de esa modo. Alguien alguna vez se pronunció, tal vez, con la explicación más aproximada, diciendo que se trataba de un ángel que desafío al Dios del canto y este lo rebajo a la categoría de silbador, hasta tanto reuniera un auditorio lo suficientemente grande y así lo liberaría de la condena impuesta. El tiempo transcurría y parecía imposible parar su derrotero de secuestros, no había forma de seguirlo, además, desaparecía cuando se intentaba acercarse con la intención de atraparlo, se desvanecía ante la sola presencia de la gente. Pero entre tanto predicamento e inconvenientes, surgió algo que cambio diametralmente la realidad, El Silbido se enamoró. En realidad, todos los monstruos han amado alguna vez, no podemos olvidar a Macbeth. Pero volvamos al monstruo local, El Silbido hacia sus apariciones en Suipacha y 27, por aquel tiempo, una mujer, una belleza única que había dejado la adolescencia hacia muy poco transitaba por Suipacha a diario, su hogar estaba cerca del Cerro el Triunfo y esta calle era un recorrido casi obligado para llegar a distintos lugares de la ciudad. Su belleza se destacaba, en aquellos años, por sobre de todas las mujeres de la ciudad. Tenía el cabello negro, una figura de curvas suaves y rostro de ángel adornado por bellos ojos de color azul verdoso. Realmente fueron pocos los que no estaban prendados de los encantos de esta belleza local y se trasformaban en sus admiradores, confesos o no. El Silbido, no pudo permanecer al margen, el verla a diario desato en él una pasión que lo perdió. El simplemente se enamoró. En virtud de su origen oscuro y en su deber, se había prometido no descender a hablar de amor, mucho menos con una simple mortal, pero le fue imposible. Una tarde en la que ella pasaba como de costumbre, por Suipacha y 27, El Silbido salió a su encuentro y entono para ella una melodía maravillosa, tan es así que la bella no pudo resistir al embrujo del monstruo. Ella sabía de las actividades de El Silbido, pero su sentimiento hacia el monstruo estaba por encima de la razón. Pasaba el día odiándole, cuando se enteraba de alguna atrocidad cometida por su amante, prometiéndose permanecer fría y severa, pensando que así el concluiría con sus tropelías, pero llegado el momento de sus encuentros, siempre cedía al influjo de su amado. Mientras esto sucedía, las fuerzas locales del orden llevaban adelante su investigación con más obstinación que fortuna. La bella y el silbido eran vistos a menudo caminar por los senderos del Cerro El triunfo, y esa era la oportunidad que esperaban para poder atraparle. Sabían que este ser era débil en sus apariciones físicas, cuando tomaba forma, para poder así, disfrutar de los favores de la bella.
Para que el plan fuese perfecto, debían contar con la colaboración de la dam y esto al parecer era el punto más difícil. El hecho era que había que convencerla y los hombres del pueblo sabían de sobra que esto no era una tarea fácil, ya que muchos de ellos habían intentado enamorarla de múltiples formas y así alejarla del monstruo. Había algo más en esta mujer, tal vez la proximidad con El Silbido había desarrollado en ella una capacidad de encantamiento tal que con solo mirarla, a duras penas podía uno resistirse a su seducción. Pero quien la oyera hablar y sobre todo si llegara a entablar un dialogo con ella, no podía de modo alguno librarse de tan extraordinario encanto. Hasta hubo quien dijo que prefería enfrentar al monstruo. A falta de voluntarios, fue el comisario local, quien personalmente llevo adelante el plan. El comisario pudo contactar a la mujer y luego de varias hora de conversación logro convencerla. Lamentablemente aquel pobre hombre, jamás tuvo descanso de la pasión que lo acompaño hasta el final de sus días, que concluyeron por mano propia, ante los reiterados desprecios de la bella. Con la ayuda de la mujer el plan funciono, en esta tarea, algunos de los ayudantes del comisario fueron atrapados por El Silbido que al verse acorralado, cual Gorgona, los trasformó en piedras que quedaron mezcladas con las del Cerro El Triunfo. Una curandera local, sugirió la posibilidad de devolverlos a la vida si eran rociados con una poción de agua, sal y algunas hierbas y fue así que con la ayuda de gente del barrio PYM, se procedió a mojar cada piedra que había en el cerro, con la mezcla preparada por la curandera. Pero esto solo sirvió para el descredito de esta mujer. El silbido estaba encerrado y si no fuese por la turbación que provocaba la pasión por la bella el comisario hubiese gozado este momento de sublime gloria personal. Si bien no se sabía ciertamente como proceder para eliminar al monstruo, se supo que el comisario, para contar con la ayuda de la bella, tuvo que concederle algunos privilegios. Así fue que la mujer se presentó a visitar al Silbido, este se encontraba encadenado y con sus ojos tapados, por precaución. Su boca estaba también tapada con una gran cinta adhesiva. Al llegar cerca de él, solicito al guardia que le quitara la cinta de su boca, el comisario accedió al pedido y el guardia dejo descubierta la boca del monstruo. A sabiendas de la traición de ella, El Silbido no la miro y para sorpresa de todos, comenzó a hablar. –“Querida amiga, lamento el amor que me tomo, en vano busco el mérito que pudo haberlo inspirado. Pero por favor, volvamos a sentimientos más mundanos, olvidemos las ilusiones que nos perdieron, yo no puedo ser suyo. Quizás la mala fortuna que ha acompañado a mis actos se debe a que siempre estuve en pecado. Pero el peor de todos, sin dudas, fue amarla sin atender a los consejos de la prudencia. Ahora, deberá disculparme, pero llego el momento de marcharme.”
Y diciendo esto, El Silbido de Suipacha y 27, desapareció, dejando ante los ojos de la bella, el comisario y el guardia, solo sus cadenas. Son muchas las teorías esbozadas que trataron de explicar su existencia. Particularmente hay una de ellas que a mi entender es la más cercana, o al menos la que en particular más me gustaría que fuese certera. Es la teoría del doble, pero no el concepto del doble Escoses, mucho menos el Alemán, me inclino por la teoría Judía del doble, según describe, este no era presagio de muerte, sino por el contrario, certidumbre de haber logrado la iluminación y el paso a un próximo plano. Sé que esta era la misión de El Silbido, la de llevarnos a un estado superior, pero como muchos otros seres con idénticas misiones, fue un incomprendido.
De todos modos, algunos dicen que la amenaza del silbido, aún pesa sobre los habitantes del Barrio PYM, como pesa sobre todos nosotros la sustancia del amor no correspondido, del amor imposible, la búsqueda de un amor que por perfecto raya en el absurdo.

EL LLANTO ERRANTE


El llanto errante, se presentaba de repente, sin avisar. Solo bastaba el hecho simple y cotidiano de andar caminado por los alrededores del Cerro El Triunfo, o bien por alguna de las sinuosas callecitas empedradas del Barrio PYM. Este personaje misterioso convivía con el común de la gente y se daba mayormente con los seres más sensibles y melancólicos a los cuales detectaba vaya uno a saber de qué manera. Esa suerte de imán detector lo llevaba a tener encuentros habituales con la gente de nuestro barrio. Algunas veces, El Llanto solía cometer alguna travesura. Del mismo modo que detectaba a los sensibles, también detectaba a los duros. A los que más le gustaba sorprender y con los que disfrutaba jugar, era con los que se decían a sí mismos machos. A estos, generalmente, los sorprendía en alguna reunión en el Club El Riojano, jugando al tute, o bien, mientras comían algún asado en alguna peña. Allí los tomaba por asalto y los hacia lagrimear y llorisquear desconsoladamente. Pero lo habitual en él era la búsqueda de seres sensibles, particularmente con las damas era con quien lograba una suerte de simbiosis. La Kabbalah, cuenta que Dios registra cada lágrima de una mujer, El Llanto también lo hacía. Las mujeres eran sus amigas por naturaleza, algunas solían compartir con el largos ratos, se las podía ver sentadas en los bancos de la plaza de la cruz, en el paredón de piedra de la ex OSSBA o bien sentadas en los gabinetes de gas en las veredas del barrio, lamentablemente, la sensibilidad no es un don que abunda, de allí que eran pocos los que podían ver estos encuentros. La gran mayoría, veía solo a la mujer a la que en comúnmente tildaban de loca. Cuando El Llanto Errante hacia sus apariciones, el llorar era un ejercicio inevitable, lo cual dejaba en ridículo a los machos que comenzaron a perseguirlo. Una a favor del llanto era que, la natural ecuación muestra, que a mayor machismo, menor sensibilidad, lo cual hacia que El Llanto fuera imperceptible para estas personas. Igualmente estos tipos iniciaron una persecución sin cuartel contra el singular personaje, sus técnicas de detección fueron tan burdas que generaron no más de un problema, sobre todo con las mujeres. Quien sabe a quién de estos energúmenos se le ocurrió, que una buena forma de sorprender al llanto, era seguir a las damas y en el momento en el que se encontraban sentadas en alguno de los bancos de la plaza o en el paredón de piedra, arrojarles un balde de pintura y allí ipso facto, atraparlo. Esta burda técnica de detección, genero una bataola generalizada, las damas del barrio sumamente indignadas reclamaban a los machos, las correspondientes disculpas y el resarcimiento económico que incluía, peluquería, manicura, zapatos y prendas de vestir. Lo cierto es que este tipo de actitudes contribuyeron a que El Llanto Errante, minimizara sus apariciones, quizás avergonzado y en cierta forma sintiéndose culpable de las molestias que su amistad les ocasionaba a las mujeres, sus amigas. El tiempo fue transcurriendo, la vida y los menesteres más mundanos, fueron restándole tiempo y alejando a las damas de los encuentros con este personaje. Así fue que El Llanto Errante, se vio cada vez más solo, menos requerido y lentamente, desapareció. Sin hacer mucho ruido, se encamino hacia el olvido y jamás regreso.