El llanto errante, se presentaba de repente, sin avisar. Solo bastaba el hecho simple y cotidiano de andar caminado por los alrededores del Cerro El Triunfo, o bien por alguna de las sinuosas callecitas empedradas del Barrio PYM. Este personaje misterioso convivía con el común de la gente y se daba mayormente con los seres más sensibles y melancólicos a los cuales detectaba vaya uno a saber de qué manera. Esa suerte de imán detector lo llevaba a tener encuentros habituales con la gente de nuestro barrio. Algunas veces, El Llanto solía cometer alguna travesura. Del mismo modo que detectaba a los sensibles, también detectaba a los duros. A los que más le gustaba sorprender y con los que disfrutaba jugar, era con los que se decían a sí mismos machos. A estos, generalmente, los sorprendía en alguna reunión en el Club El Riojano, jugando al tute, o bien, mientras comían algún asado en alguna peña. Allí los tomaba por asalto y los hacia lagrimear y llorisquear desconsoladamente. Pero lo habitual en él era la búsqueda de seres sensibles, particularmente con las damas era con quien lograba una suerte de simbiosis. La Kabbalah, cuenta que Dios registra cada lágrima de una mujer, El Llanto también lo hacía. Las mujeres eran sus amigas por naturaleza, algunas solían compartir con el largos ratos, se las podía ver sentadas en los bancos de la plaza de la cruz, en el paredón de piedra de la ex OSSBA o bien sentadas en los gabinetes de gas en las veredas del barrio, lamentablemente, la sensibilidad no es un don que abunda, de allí que eran pocos los que podían ver estos encuentros. La gran mayoría, veía solo a la mujer a la que en comúnmente tildaban de loca. Cuando El Llanto Errante hacia sus apariciones, el llorar era un ejercicio inevitable, lo cual dejaba en ridículo a los machos que comenzaron a perseguirlo. Una a favor del llanto era que, la natural ecuación muestra, que a mayor machismo, menor sensibilidad, lo cual hacia que El Llanto fuera imperceptible para estas personas. Igualmente estos tipos iniciaron una persecución sin cuartel contra el singular personaje, sus técnicas de detección fueron tan burdas que generaron no más de un problema, sobre todo con las mujeres. Quien sabe a quién de estos energúmenos se le ocurrió, que una buena forma de sorprender al llanto, era seguir a las damas y en el momento en el que se encontraban sentadas en alguno de los bancos de la plaza o en el paredón de piedra, arrojarles un balde de pintura y allí ipso facto, atraparlo. Esta burda técnica de detección, genero una bataola generalizada, las damas del barrio sumamente indignadas reclamaban a los machos, las correspondientes disculpas y el resarcimiento económico que incluía, peluquería, manicura, zapatos y prendas de vestir. Lo cierto es que este tipo de actitudes contribuyeron a que El Llanto Errante, minimizara sus apariciones, quizás avergonzado y en cierta forma sintiéndose culpable de las molestias que su amistad les ocasionaba a las mujeres, sus amigas. El tiempo fue transcurriendo, la vida y los menesteres más mundanos, fueron restándole tiempo y alejando a las damas de los encuentros con este personaje. Así fue que El Llanto Errante, se vio cada vez más solo, menos requerido y lentamente, desapareció. Sin hacer mucho ruido, se encamino hacia el olvido y jamás regreso.
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