martes, 5 de abril de 2011

El Plan B


El plan B
El, la miró. Bajando y levantando la vista, como cuando se teme a un resplandor. Luego balbuceo una entrecortada disculpa.
-No es solo culpa mía dijo, mientras la volvía a mirar de costado.
-Lo que más me molesta es que no reconozcas tus errores replico ella.
Está bien no llevemos esto a un sitio sin salida, la idea ya estaba instalada en tu cabeza cuando yo te la propuse, además sin tu apoyo y tu incentivo no me hubiese arriesgado a hacerlo.
La cabeza de el apenas echada atrás, reflejaba en su incipiente calvicie la luz de la lámpara del comedor. Ella no decía nada, solo lo miraba negando con movimientos de cabeza y con un rictus de desaprobación en sus labios.
-Tenes que reconocer que si bien acordamos en un principio, nunca estuve convencida con la manera de llevarlo a cabo.

-¡Ah claro! Ahora como el plan fallo me queres cargar con toda la culpa.
Casi sin querer él dijo –Justo ahora que teníamos la oportunidad de hacerlo… porque a Osvaldo no lo vamos a poder convencer nuevamente. Está muy asustado con tantas preguntas de la policía y la gente del juzgado.
-No te preocupes, Osvaldo no va a hablar. Además si lo hace el también queda pegado.
Era la misma hora en la que lo habían intentado, a esa hora el coronel acostumbra a dar su paseo vespertino. Estaciona el auto frente al parque y camina circundándolo tres veces. Su chofer y guarda espaldas lo sigue con la vista desde dentro del auto.
El momento justo es cuando pasa frente a la iglesia, allí está la callecita lateral, que comunica con los fondos del teatro municipal. El tarda unos cinco minutos en cruzar el ancho del portal de entrada. Su paso es firme a pesar de la pierna ortopédica y su bastón.
Ella dijo –Ves, a esta hora tendríamos que estar de nuevo parados allí.
-No te preocupes, tenemos otra oportunidad para intentarlo, o también podemos intentarlo en el campo, si la tenemos complicada aquí. Osvaldo tal vez nos va a ayudar de nuevo, vas a ver. El goza de un gran concepto con el coronel, son quince años que trabaja para él. Justo cuando murió el viejo Miranda, el entró, ¿te acordas?
-Si por eso es que creo que la policía no sospecha de él. Tendríamos que llamarlo.
-No, tratemos de encontrarnos, esto hay que hablarlo en persona, además que tal si le intervinieron el teléfono, es muy arriesgado, mejor veámoslo en su casa, como una visita de amigos.
Ella se acercó a la ventana y suspiro, en el cielo las nubes semejaban montañas cargadas de nieve. Invitaciones a travesías sin más límites que la propia cordura. Tal vez fueron esas imágenes las que la devolvieron a sus recuerdos de niña cuando nada sabía aun del horror de los hombres. En esos paisajes nevados fue que decidió, aun siendo niña que no habría para ella más sueños que los que pudiera realizar, sus ideales se fueron concibiendo inmaculados como esas cumbres que observaba a diario.
Sacudiendo al cabeza, volvió a la realidad. Se dio vuelta y lo observo con una mezcla de ternura y lastima. Es tan débil, pensó, pero ya estaban en una situación en la que les sería difícil salirse sin que alguno fuera lastimado.
-Qué te parece si nos vamos al campo y lo esperamos allá. El mes que viene es setiembre y el coronel siempre visita la estancia en primavera, podemos poner sobre aviso a Osvaldo y listo. Sería más fácil. Sinceramente no aguanto más esta espera.
-No seas ansioso, ahora no podemos cometer errores. Atende el teléfono por favor.
-Es Osvaldo, esta llamado de un teléfono público, está muy asustado, dice que se vuelve para el campo.
-Está bien, decile que se vaya y que se ponga a trabajar como si nada hubiese pasado.
El colgó el teléfono y la miro con ojos interrogantes. -¿Qué pensas hacer?, le dijo.
Ya veremos. Convendría que vos también te vayas, podes ir a Bahía Blanca y esperar en departamento de papa. Dejame que busco las llaves. Instalate allí y espera que te llame, estate listo para salir del país.
-¡No podes ahora dejarme afuera, yo ya di la cara por vos la primera vez!
-Si puedo, es lo mejor, haceme caso y andate.
El comenzó a poner sus pocas ropas en un bolso negro y a mover el cabeza resignado. Ella se sentó y encendió el televisor. Mientras miraba el informativo de las 20:00, sintió como la puerta de salida se cerraba de un fuerte golpe.
Al día siguiente termino con los preparativos y se fue. Espero sentada en las escalinatas de la iglesia, sus ojos con las pupilas dilatadas, captaban cada momento y cada movimiento en el lugar, tal vez presagiando que nunca volvería a sentarse en ese lugar. Estuvo toda la mañana sintiendo el sol en la cara. Desde las siete vio el desfile de los chicos que pasan para la escuela, a los mozos de la confitería Jockey que entraban a trabajar. Vio el devenir de los colectivos de la línea 512, y hasta pudo observar un cortejo fúnebre de varias cuadras.
Ya por el medio día, pudo ver el regreso de los mismos niños que había visto llegar en la mañana, vio salir también los mozos y a cientos de transeúntes que caminaban, a diferente ritmo. Así transcurrió gran parte del día hasta que las campanas llamando a misa de las diecinueve, tocaron. Metió la mano en el bolso y al tacto comprobó que el revólver, ese 38 de caño de dos pulgadas que había sido de su tío, estuviera cargado, rozo con la yema de los dedos el plomo de las balas.
Se quedó inmóvil por un largo rato, hasta que vio aparecer el Mercedes Benz, verde claro del coronel. El chofer estaciono en el lugar de siempre sobre la vereda de la sombra en la calle Vértiz. El coronel bajo del auto y con paso erguido cruzo la plaza para encaminarse al portal de la iglesia. Ella salió a su encuentro, despacio, como quien por primera vez sabe que va a hacer en su vida. Cuando llego a cruzarse con el coronel, simplemente y con un movimiento estudiado, le descargo los primeros tres disparos en su pecho, luego, mientras todavía el seguía de pie, le descerrajo dos en la cabeza, a la vez que como si rezara, repetía - por Jorge, Clara y Papá.
Luego, ya no se detuvo a pensar en su madre ni su hermano, que estaban en Bahía Blanca, ni en su novio, Andres. Ya no pudo pensar en todos los planes que había imaginado y no realizaría jamás. Solo utilizo esa última bala, disparando en su cabeza.

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