jueves, 10 de febrero de 2011


Carne de urna
Teníamos la pretensión de creer que seriamos grandes, que tendríamos éxito. Tal vez esperábamos demasiado de nosotros mismos, sin darnos cuenta que llevábamos grabada a fuego la marca del fracaso. La necesidad de creer que éramos distintos del resto, fue el principal motor de esa pretendida realidad que nunca fue. Sin embargo, crecimos y vivimos siempre buscando esa fantasía, esa búsqueda nos distrajo, y se nos fue la vida en ese estúpido derrotero. Todo empezó, cuando el viejo se quedó sin trabajo, primero nos tuvimos que ir de la casita en Morón, después del hotelucho de San Telmo, y terminamos en la calle. Al viejo le salió una changa para juntar papa y así terminamos acá. Al poco tiempo de tirar la maleta, le dio un tirón en la espalda, lo trajeron a la casa y estuvo tirado en la cama, después vino uno de un seguro, y le dijo que no podía trabajar con la maleta, ni hacer fuerza. Al otro día, llego el patrón, le tiro unos pesos y no apareció más. Después no enteramos que el médico, un cuervo y el patrón se quedaron con mucha plata y lo hicieron pasar al viejo por inválido.
Somos los morochos, los negritos, los de los dedos afuera de las zapatillas flecha, con esa puntera de goma maldita que se despega de la tela y se doblaba, dejando expuesta la miseria. Las remeras rayaditas, con los botones al costado del cuello y los pantalones cortos de ese material plástico y caluroso, que se estira y por eso lo usábamos, para que durara mucho sin importar si crecíamos y cambiaba el talle. La gente nos ve, siempre de costado, con esa sensibilidad barata que les lleva a bajar la mirada, ese sentimiento de culpa que dura 30 segundos. Algunos, ni siquiera eso, nos pasan por al lado como si fuésemos de otra dimensión, como si nos pudiesen atravesar. No nos ven, o se hacen los boludos. Nos da vergüenza salir a pedir, pero cuando el hambre es más grande que el orgullo, no queda otra. Así que lo saco a mi hermanito de la cama y así, apenas nos sacamos las lagañas y salimos a ver que conseguimos para calmar un poco ese nudo maldito que el hambre te hace en la barriga. Nos parábamos generalmente en la puerta de esos negocios con muchas luces o con vidrieras grandotas, la gente nos pasaba al lado y nosotros le preguntábamos si podían ayudarnos con algo, la cabeza se debatía entre la denigración de la pregunta formulada y el estómago que apretaba y dolía cada minuto un poco más. Algunos te tiran unos mangos, por ahí aparece una señora que pasa con las hijas y es más generosa. La chica de la frutería de la 20, nos da siempre lo que le sobra, algunas bananas pasadas y a veces hasta algunos huevos.
El verano es más difícil, no está la escuela, allí por lo menos comemos y tomamos la leche, en la de verano no nos reciben, no sé porque papeles que el viejo no tiene, él dice que los perdió.
Varias veces nos tuvimos que ir de la casa y estar en la calle, cada dos por tres, aparece una señora que dice que es asistente y nos quiere llevar. La última vez, vino con unos de traje y los ratis. Suerte que los vi, lo agarre a mi hermano del brazo, y nos salimos por la ventanita de atrás cortando campo.
La infancia fue más dura, después de más grandes algunas changas se hacían, pero nunca hubo gran cosa para hacer. Cada tanto por ahí aparece un concejal con el auto y te tira unos mangos para que lo votes. Mi hermano se casó, tiene un hijo y como lo manda a la escuela le pagan el plan. Yo no, para que, si tengo hijos van a ser como yo, un negro sin oportunidad, para que, para padecer, para que los miren como a mí, con lastima. Así fue y es nuestra vida, esa mezcla de pasado y presente sin rumbo, sin salida, sin esperanza.

lunes, 10 de enero de 2011

El devorador de N° 5


La pelota, balón, globa o como quiera que se haya dado a llamar a este objeto esférico y lúdico, es en sí mismo, un elemento de concertación social. A nadie, salvo a algún nene egoísta y malcriado, se le ocurre jugar solo con una pelota. Tan solo, con el primer pique o bote a tierra, su sonido grave, cual bombo legüero, llama a todos a su encuentro. Con la pelota N° 5, se practica el más popular y democrático de los deportes, el futbol. Digo democrático, porque es una forma que se me ocurre para significar la posibilidad universal de practicarlo, nadie queda afuera, desde el hábil gambeteador, el elástico arquero, el febril y brusco defensor, o el simple patadura. En el barrio cualquiera fuese nuestra condición y predisposición natural y deportiva, todos sin excepción jugábamos al futbol.
El escenario, en el cual se desarrollaban habitualmente los partidos, era un espacio verde, abierto y sin límites naturales que la casualidad nos llevó a ocupar. Estaba recostado sobre el cuadrante sudeste del Cerro el Triunfo. Allí se jugaba. Los horarios eran diversos pero los más populares, eran los posteriores al almuerzo de los días sábados. Salíamos a jugar, como todos los sábados, pero ese día comenzó sucederse un hecho extraño. Estábamos trenzados en un partido, que no se definía, los pelotazos iban de un lado a otro, hasta que, la pelota salió empujada al lateral y se perdió entre el pastizal cercano.
- Che, dale el que la patea la va a buscar, grito Edgardo.
Fue así que, refunfuñando, salió Puli a buscarla. Lo veíamos que caminaba entre el pastizal y nada, no traía la pelota.
- He qué pasa, estas chicato que no la encontras? Si cayo ahí nomás!
Gustavo se sumó a la búsqueda y después el chino, al final terminamos todos entre el pastizal buscando la N° 5, después de todo, sin pelota no hay partido, así que no quedaba otra que encontrarla. A uno de nosotros se le ocurrió que si nos poníamos en fila uno al lado del otro y comenzábamos a caminar el pastizal, la tendríamos que encontrar sí o sí.
Pero pasaba el tiempo y la redonda no aparecía, de repente los pastos se movieron como en una suerte de ola.
- Che y eso que fue! Grito Carlitos que estaba al lado de la ola de pasto.
- No sé, yo lo vi pero pareció el viento. Dijo Luis
- Si pero el viento no levanta el pasto de la tierra. Comento Puli.
Lo cierto es que nos quedamos duros, esperando ver quien reaccionaba y se animaba a mirar por ese lado, pero los eternos segundos que trascurrieron, nos mostraban a todos clavados al piso como si los tapones de los saca chispas se hubiesen clavado en el suelo. Walter fue el que se animó a mirar, y grito
- Miren ese gajo azul es de la pelota!
Todos nos acercamos y allí estaba entre los pastos un gajo entero y otro pedazo ambos de color azul gastado. No podían ser de otra cosa, que de la pelota de Boca Jr. de Gustavo.
¡Que paso! Gritamos todos al unísono.
- Pero si estaba nueva, bah, ya tenía un tiempito pero estaba buena.
- Y además, si reventó, porque no escuchamos el ruido?
Esos eran los interrogantes, pero todos sin respuesta, estábamos entre asustados y sorprendidos.
- Qué hacemos? Que alguien traiga otra pelota para seguir el partido. Grito mi hermano.
- Si, por que no traes una vos, si sos tan macho. Exclamo el chino haciendo un gesto ampuloso con sus brazos.
- Bueno pero ya se hace tarde, porque no dejamos y nos vamos, total quedamos 4 a 4, el sábado que viene la seguimos. Luis.
Y así fue, nos fuimos cada cual para su casa, a sacarnos la mugre y prepararnos para salir a dar la clásica vuelta del perro por el centro o a visitar a las tías, y quizás, el que tenía más suerte por ahí ligaba un helado de Laponia o de lo de Jony.
Paso la semana, con la responsabilidad de la escuela y llego el ansiado sábado. Así fue que salimos todos para el potreo, mi primo David, había traído una N° 5 de las buenas, las de gajos chiquitos.
La pelota era blanca y estaba nuevita.
- Esta, con lo que brilla, si se va al pastizal la vamos a ver enseguida. Grito Puli, quizás preocupado por si la tiraba de nuevo a la mierda.
El partido arranco respetando el resultado de 4 a 4, estaba interesante un poco más lirico que el anterior y la pelota corría pegadita al piso, la pelota nueva tal vez ayudaba para que se jugara mejor. Algunos tiros en los palos, una atajada impecable de Walter, y el partido no tenía desempate. Fue en ese momento, luego de la atajada que la pelota salió al lateral y como empujada a su desgracia, se perdió entre los pastos altos.
En ese momento cuando uno de nosotros se disponía a ir a buscarla se escuchó el sonido, era una especie de silbido grave y a la vez suave. De inmediato ocurrió. Los pastos parecían levantarse de la tierra, casi que podíamos verle las raíces a la gramilla, en ese instante, lo vimos. Nunca pudimos explicar ni explicarnos que era.
Todos lo vimos, era largo, ágil, de cara pálida, pero con una sombra grisácea. Sus finos labios apenas se dibujaban y la boca parecía una larga herida, sin cicatrizar. Tal vez examinando bien el ángulo de la boca, un ojo escrutador habría podido sorprender cierta dureza fría y egoísta, tal vez algo felino también, es decir, paciencia y ferocidad.
Nos quedamos mirándolo fijamente, no por valentía o intentando desafiar a la bestia, sino más bien paralizados por el terror. En ese momento, cuando se retorcía y dejo de silbar pudimos ver que no tenía ojos. Luego escuchamos un sonido sordo y vimos como la pelota nueva y blanca, la buena, la de los gajos chiquitos, salía por el aire en tres pedazos que cayeron casi delante de nuestros pies.
Tomamos los pedazos y nos fuimos corriendo a refugiarnos en nuestras casas.
No comentamos nada, al día siguiente, el domingo, de a uno fuimos apareciendo, asomando la jeta, fuera de nuestras casas. Nos juntamos en derredor del gabinete de gas de la casa de mis viejos.
Nadie se animaba a mencionar a la bestia.
Luis saco de una bolsa de casa Drago un pedazo de la pelota, mi hermano trajo el otro pedazo que el juntó, y el chino el trozo que faltaba. Los gajos estaban rasgados, la pintura arañada, como si le hubiesen pasado un rayador.
- Que hacemos, con estos pedazos? Dijo el chino.
- Y si mañana se los llevamos a Orellano, el que arregla pelotas que está en la 21? Dijo Gustavo.
Y así fue que el lunes cuando volvimos de la escuela nos volvimos a juntar en la puerta de casa y de allí, todos juntos salimos despacio y con la cabeza gacha a lo del arregla pelotas.
Llegamos al taller de Orellano, entramos y el viejo estaba sentado en su banquito de madera, cosiendo una N°5 con dos agujas.
Yo saque de la bolsa los pedazos de la pelota y le pregunte si se podía arreglar. El viejo, abrió los ojos grandes, nos escruto con su mirada y pregunto:
- ¿Qué le paso a esta pelota?
Le pasaba sus dedos a los gajos arañados y luego recorría con la yema los bordes desgarrados. Levanto la vista y en voz baja dijo
- Otra vez apareció. ¿Cuándo les paso esto?
Ninguno de nosotros abrió la boca, entonces, el viejo dijo
- Yo sabía que algún día iba a volver, me paso cuando era como ustedes y jugábamos en un terreno donde ahora está el barrio PYM. Mi abuelo, que trabajo en la Carotenuto haciendo adoquines, me conto un día que mientras descansaban, jugaban un partido y apareció un bicho como un gusano grande y gris que se le comió la pelota. Yo no le creí al abuelo hasta que me paso. No puedo saber la fecha exacta, pero aparece cada 50 o 60 años, cuando le da hambre, o simplemente tiene ganas de joder.
El viejo tomo los pedazos de la pelota y nos despidió diciéndonos que se la dejáramos, que la iba a arreglar, que pasáramos el viernes.
Volvimos el viernes, otra vez al salir de la escuela, nos volvimos a juntar en casa y salimos para lo de Orellano. Llegamos, el viejo nos sonrió y nos entregó la pelota. La había dejado impecable, blanca brillante, como nueva!
No nos quiso cobrar un solo peso, nos miró fijo, acaricio la cabeza de mi hermano y nos dijo:
- No tengan miedo, ese bicho de mierda, cada tanto aparece, pero no le concedan la gracia de dejar de jugar al fobal, nosotros nunca dejamos de jugar, ustedes tampoco lo hagan.
Nos llevamos la pelota y la guardamos en mi casa.
Llego el sábado, terminamos de almorzar y como era habitual, el primero salía a tocar timbres para juntar a la barra.
Salimos caminando despacito, amuchados hasta llegar al potrero. Nos quedamos quietos sentados en el pasto, en el medio de la cancha, sin jugar. De repente, tímidamente Edgardo y Walter se pusieron a patear, la N° 5, despacio y se sumó Puli, luego Gustavo, luego el Chino, y así, sin darnos cuenta casi, hicimos pan y queso se armaron los equipos y arranco el clásico de los sábados.
¿Qué paso con la bestia? Nunca más tuvimos otro incidente, el devorador de las N° 5 desapareció, o se escondió, hibernó, no supimos nada, ni nadie más volvió a mencionarlo. Los partidos en el barrio son un recuerdo, el devorador de las N° 5 también.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Las Sirenas de la Carotenutto


En el barrio, hace ya unos años había una laguna que el progreso se encargó de rellenar y el paso del tiempo la condeno al olvido, era la Carotenutto. Esta laguna, se formó al llenarse de agua una perforación profunda y amplia de una cantera explotada por la familia Carotenutto, de allí su nombre. Al abandonarse los trabajos de extracción de granito, para la fabricación de adoquines en esa cantera, la misma se inundó, algunos decían que tenia conexión con el mar, y por ello es que el agua la invadió. Lo cierto es que el agua de un color verde intenso, no dejaba ver el fondo, y esto contribuía a las diferentes opiniones respecto de su verdadera profundidad.
Durante las tardes de verano, algunos vecinos relataban que se escuchaban cautivadores cantos, y que, por el tono de las voces, se trataría de mujeres. Comenzaron a intentar determinar de donde procedían esas musicales voces, pero al intentar seguir el rastro sonoro, el mismo se perdía al llegar a la Carotenutto. Un día se escuchaban gritos, de un vecino que vociferaba “¡…la vi, la vi, está en la laguna!” Todos corrieron a su encuentro, pero, el vecino estaba como en un trance, solo gritaba que la había visto, y por más que indagaban, no lograban sacarle cual había sido su visión. Lo cierto es que, al pobre tipo, lo internaron y recién después de varios días, cuando salió, decía que lo que había visto era una sirena, con lo cual casi que lo internan de nuevo.
Los cantos se seguían escuchando, y siempre al parecer su procedencia era la Carotenutto. Un día pasado apenas el mediodía, casi en el albor de la siesta, se escuchaba, como sucedía habitualmente, recién entrado el verano, el silbato y los gritos comerciales del heladero de Laponia, quien montado en su bicicleta, perturbaba a los siesteros del barrio. Se escuchaba la liturgia propagandista, “¡helado helado, Laponia helado, palito bombón helado!” El heladero tenía un recorrido habitual, que constaba en una ronda por la periferia y luego se adentraba por las sinuosas calles empedradas del barrio PYM. Esa temprana tarde, los chicos que lo esperábamos con las monedas para comprar el palito de agua, o el bombón helado, según era la costumbre, nos sentamos en el cordón de la vereda, pero el heladero no aparecía. Las madres, ante nuestra tardanza, salieron a ver qué pasaba, pero lo que no pasaba, era el heladero. Gustavo!!, entra a ponerte la gorra! Gritaba Teresa, su mama. Puli!!, mojate la nuca a ver si te insolas!! profería otra mama.¡ Para mami, estamos esperando para el helado! Gritaban los chicos.
¡Entren de una vez, no ven que hoy el heladero no va a venir!, gritaba otra madre. Pero los chicos lo habían escuchado, fue así que Walter, al que más le gustaba investigar, tomo la iniciativa y dijo: “nosotros vamos por este lado y ustedes den la vuelta por acá, así lo vamos a encontrar”. Dicho esto, emprendimos la vuelta a la caza del heladero.
Al terminar de dar la vuelta, unos por un lado y otros por el lado contrario, nos encontramos en la Carotenutto, al llegar, todos estábamos sorprendidos, ya que el heladero no aparecía, de repente, el chino grito: ¡miren, la gorra del heladero! Allí estaba, flotando en las aguas de la laguna, la gorra roja del heladero de Laponia. Nos quedamos duros, sin pronunciar palabra, mirando como flotaba mansamente en las aguas, cuando algo de lo que no podíamos dar crédito sucedió, una mano delgada y hermosa, emergió de entre las aguas para tomar la gorra roja y luego desaparecer con ella. Junto a las piedras de color azulado que conformaban el pequeño barranco perimetral de la Carotenutto, se encontraba la bicicleta del heladero, sola, parada con su pie doble. No recuerdo quien tomo la iniciativa, pero sí, que salimos corriendo desesperados, los talones nos pegaban en el culo. Cada uno fue al encuentro de nuestras madres y padres a contar lo sucedido. Fue un escándalo, algunos pensaban que era una joda y otros, ante nuestra insistencia, creían que nos habíamos insolado y estábamos delirando. La sorpresa fue que al llegar al sitio de la laguna, vieron la bicicleta y les entro la duda y la curiosidad, todos comenzaron a buscar al heladero, pero este no apareció. Vino la policía, y empezamos a hablar todos juntos y a intentar explicar que una mano se había llevado la gorra. El policía, se sonrió, cargo la bicicleta del heladero y se fue.
Pasaron los días y no había rastros del heladero, se pedía por su paradero, y nada. Un día en el noticiero de canal 8, informaban que en las costas de las playas cercanas al casino de Mar del Plata, habían encontrado flotando, una gorra roja. Por aquel entonces, debíamos confiar en la palabra del Cholo Ciano, ya que la tele era en blanco y negro.
Vieron, dijo uno, que está conectada con el mar, no ven adonde fue a parar la gorra del pobre heladero. Así fue que comenzó a crecer el misterio, se sucedieron nuevos hechos, y todos comenzaron a sospechar que el relato de la sirena comenzaba a tener sentido. Otro día por la tardecita, uno de los chicos paso por lo de Clavería, compro sus anzuelos, y se fue a armar la caña para ver si pescaba algún bagrecito en la Carotenutto. Llego, se sentó en la orilla y tiro su línea de anzuelo, lombriz y corcho para probar suerte. Comenzó a escuchar una hermosa melodía que lo sumió en un sueño hipnótico, por suerte fue rescatado, cuando se estaba sacando la ropa y se disponía a zambullirse en las verdosas aguas. Otro vecino del lugar, estaba construyendo el garaje de su casa y con una carretilla, arrojaba en la laguna la tierra sobrante de la construcción de los cimientos, en uno de estos viajes, fue cuando las vio. Justo cuando estaba volcando la carretilla y la tierra caía ruidosamente en el agua, emergieron de un salto dos bellísimas sirenas. El vecino, quedo hipnotizado, miraba fijamente sus torsos desnudos y sus colas de color plata. Su esposa lo encontró, parado en la orilla, cuando salió a buscarlo para alcanzarle un mate. No hablaba, no parpadeaba, estaba en trance, la señora asustada llamo a los vecinos quienes lo cargaron hasta su casa, lo dejaron acostado en la cama, parecía un maniquí. Llamaron al médico quien luego de revisarlo, dijo que estaba todo bien en lo físico, que por las pupilas dilatadas o bien se había fumado alguna sustancia o había recibido un susto mayúsculo. Luego de unos días, salió de ese estado y comenzó a hablar, nunca volvió a ser el mismo, y todas las tardes se quedaba parado con la mirada perdida en las verdes aguas. Se siguieron sucediendo hechos, que involucraron a diferentes vecinos, todos con el común denominador de las bellas sirenas y sus hipnóticos cantos.
Con el tiempo, tal vez se hizo costumbre, pero ya no llamaba tanto la atención, debemos tener en cuenta, que en sí mismo, el barrio PYM siempre fue un lugar mágico.
Lo cierto es que la urbanización de Balcarce tomo un giro diferente y la zona de los alrededores de Cerro, cobro un mayor valor inmobiliario, tal es así que los terrenos adyacentes a la laguna se lotearon, se abrieron calles y se comenzó la construcción de algunas casas. Los herederos de los Carotenutto, contrataron una empresa para el relleno de la laguna, para lo cual se trajeron grandes cantidades de tierra y escombro, luego vendieron los terrenos, se enterraron pilotes y sobre una platea de hormigón hoy se encuentran edificadas algunas viviendas. Hace poco, en un local de ropa de la ciudad, mientras esperaba que me atendiera uno de los vendedores, escuche una conversación, entre dos señoras, en la que una le manifestaba que algunas noches escuchan cantar, que el sonido pareciera que sale de debajo de la casa. Ya revisaron todo, las radios y los equipos de música de la casa están apagados y hasta llegaron a despertar a sus vecinos para preguntarles si dejaron la música encendida en algún lugar de la casa, pero nadie tiene equipos ni radios funcionando. De todos modos la señora le contaba a su amiga, que el sonido es de una extraordinaria belleza y que cuando lo escuchan, durante la noche, les dan ganas de quedarse despiertos, para poder apreciar las voces que parecen de mujeres, y que son maravillosas.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Caminamos por una realidad narrativa


Ser parcial, mostrar la mitad de la verdad, es mentir, enmascarar la mentira. Hoy vemos que la realidad se presenta en los mass media, de manera parecida a la ficción narrativa. Es como si el periodista, el político, el editor, se sintiera mas cómodo, y de hecho es así, al abrigo de un ideario de ficción mezclada con realidad, a la que el público, ignorante por cierto, consume sin discernir o analizar su contenido.
Y es así como nos encontramos con la publicación de mentiras trasformadas en verdades, ya sea atreves de medios gráficos, radiales, televisivos, discursos en cadena nacional, redes sociales, etc.
Cada parte compite por ver de qué manera disfraza la mentira para presentarla de una manera creíble. El jefe de la propaganda Nazi, Joseph Goebbels, seria hoy un comunicador estrella. Tanto a los apocalípticos como a los integrados, debería unirlos el espanto, por lo que publican, hablan, twitean, etc.
Históricamente, se ha realizado un aprovechamiento de la masa ignorante, a la cual se le han vendido de un lado y de otro las bondades y/o maldades de los modelos de derecha, izquierda, populistas y liberales, con un grado atroz de desfachatez. En la actualidad, la sociedad ha evolucionado a un modelo más individual, el llamado pueblo como masa manejable, es cada vez más escaso y difícil de moldear por los gobiernos de turno, si bien se generan adhesiones y rechazos, esto se da, solo cuando estos individuos se ven afectados en su economía. La impronta que pretenden dejar los mass media oficialistas y opositores en estos individuos, se basa en una competencia feroz, que solo apunta a la división. Hoy vemos mensajes en los que se insta a estar de un lado o de otro, como si pensar en un mensaje conciliador, si intentar unirnos como ciudadanos estuviese mal visto o fuera una falta de compromiso con nuestro país, con nuestros ideales. Esta última aventura política llamada Kirchnerismo, es mencionada por algunos como “Movimiento Kirchnerista”, nada más lejano de la verdad y de la realidad. Otros pretenden destacar en el Kirchnerismo, como un valor, la división de la sociedad.
El movimiento como organización política, es un espacio en el cual se aglutinan ideas, personas con diferentes ideologías, incluso con diferente concepción de la política, llamémosle izquierda, centro, derecha. Un ejemplo de esto puede ser el Justicialismo, un espacio en el cual han convivido, la derecha recalcitrante de López Rega y la AAA, y las agrupaciones de extrema izquierda como la denominada, Montoneros, creada por Fernando Abal Medina, en los años setentas, pasando por algunos más moderados como Hector Campora, apodado “El Tío”.
Si tomamos a Kirchner como fundador del Kirchnerismo, y analizamos su paso por el gobierno y el poder, podemos ver claramente, que no tránsito por ninguna de las ideas que conforman un movimiento. Él fue, un líder individual, un político con una fuerte impronta personal, que no permitió el surgimiento de ninguna figura a su alrededor. Se rodeó de personas de 4to o 5to nivel político e intelectual, manejables. El clavo que sobresalía recibía el martillazo. Así construyo su espacio, en el cuál no existió el disenso. Algo analizable, opinable, pero no criticable. Cada cual define y construye el espacio que quiere, y el resto se une si está de acuerdo o disponible.
Lo que si debemos es llamar a las cosas por su nombre, el Kirchnerismo, no es un movimiento, tal vez ahora, muerto su fundador, derive a una organización diferente.
Los apocalípticos, exacerbaron esta condición de liderazgo unipersonal y totalitario, y utilizaron cuanto pudieron esta línea de pensamiento para denostar al gobierno. Néstor Kirchner fue un abogado educado en una familia ambiciosa, conocida es la actividad usuraria desde tiempo de sus abuelos, tal perfil pueda quizás ponerlo lejos de un perfil popular. Si es destacable su actividad participativa en pos de los derechos humanos, amén de un manoseo y utilización política de los últimos tiempos. Particularmente, me hubiese gustado verlo gobernar sin dinero, sin la famosa “caja” que todo lo puede. En América Latina, un paraíso de corrupción, el que tiene el oro, compra las voluntades comprables. Hemos visto a muchos Borocoteados.
Su perfil burgués al igual que el de su señora esposa, abogada, nacida en una familia de clase media, con ambiciones particularmente visibles, nadie llega a ser presidente sin ambición, al menos de poder, como dije antes lo aleja a mi entender de aventuras revolucionarias. Se entretuvo en quitarle el poder a un monopolio de desconocidos, para dárselo a uno de amigos. No se vislumbran ni vislumbraron en su curriculum, intentos de cambios profundos que formen parte de la realidad del país, si se pueden ver profundas divisiones. Alguien podrá decir que Ernesto Guevara Lynch, pertenecía a una familia burguesa y sin embrago fue un emblema de la revolución. También podemos decir que Ernesto Guevara Lynch, no tenía la descomunal fortuna que poseen Néstor Kirchner y su Sra. Esposa, amasada en la función pública. En síntesis, personajes con distinto compromiso social e ideales.
Hasta Chávez, es diferente, mas allá de sus locuras de milico tropical, introdujo grandes cambios en la sociedad venezolana y reivindico de manera verdadera a los sectores más postergados de su país.
Ahora nos queda la oposición, pero oh sorpresa, que podemos decir de ellos, sencillamente nada interesante o digno de destacar. A estos sí que los une el espanto.
Quizás esto resuma el porqué de muchos argentinos que piensan en el Kirchnerismo, como una salida política, más ligada a la pobreza de los otros o al pensamiento simple de que son lo que queda, que al convencimiento pleno de que pueden cambiar la realidad del país. Otros por otro lado han caído en el influjo de la caja, la dadiva, la compra de voluntades, el clientelismo perverso.
Vemos algunas chicas que antes se ganaban la vida mostrando los pechos y hoy de solo escucharlas hablar pareciera que se tragaron a Rosa Luxemburgo, otros embargados por deudas abrazaron la causa Kirchnerista y así van zafando, cambiando figuritas y olvidando al menos de manera pasatista sus vidas en el barrio de Belgrano y podemos verlos abrazados a los morochos transpirados y besando a los niños con mocos, cuando ven que una cámara de la TV les pasa por al lado. Hay adeptos banales y profundos, intelectuales valiosos y personajes deleznables, pero todos han mostrado una cara común, el vacío de rebelión, la falta absoluta al disenso, el respeto atroz al jefe.
Es complejo el momento histórico que nos toca, analizarlo, parados en un costado objetivo es casi como caminar por el borde de un acantilado que se desmorona. La presencia de una realidad ecléctica, de una multiplicidad de vectores de pensamiento que parecieran impregnados de polaridad y que se atraen y se rechazan, hace difícil el intento de cualquier esbozo de análisis. Probablemente, este intento encuadre en una sola línea:
¡Es la realidad narrativa estúpido!

jueves, 14 de octubre de 2010

EL BARRIO

Llegamos al barrio, cuando yo tenía 7 años, las calles eran de tierra, y enfrente a nuestra casa había un complejo de viviendas blancas y con techos de teja colonial. Las casas estaban pegadas unas contra otras, esto quizás contribuyo, de algún modo, a lo que otrora fuera la idiosincrasia del barrio, un lugar de unión, en el que los vecinos se saludan, se conocen y se respetan. Lógicamente alguna vez hubo rencillas típicas de los grupos humanos, algún chismerío, alguna palabra demás, pero nada grave, nunca paso de que dos vecinas no se dirigieran la palabra. Allí crecimos, pasamos la etapa quizás más difícil y más hermosa en la existencia de toda persona, la infancia, y también la adolescencia. Cuando recién llegamos, el barrio tenía otra amplitud, visualmente no había obstáculos, la mirada se perdía en un horizonte de árboles y sierras, en esa amplitud crecimos, jugando en la calle, sin riesgos, sin miedos, solo con una pelota y algún autito de plástico. Salimos por primera vez, con mi hermano Mariano, a jugar a la vereda y el primero que se acerco fue Gustavo “el mono”, quien a manera de presentación, nos dijo orgulloso, hola, soy Gustavo y mi papa es policía.
Después se sumaron todos los demás: Gustavo el turko, Luis, Puli, Walter, Chichino, Oscar, Tosquita, Hugo, Coto, Edgardo, Carlitos, Miguel y más y más, muchos más. La rutina era siempre la misma, el primero que salía a la calle hacia una recorrida, golpeando la puertas y preguntando, ¿Esta Gustavo?, ¿Esta Luis?, ¿Puede salir a jugar? Y así se iba conformando el grupo. La pelota era fundamental en nuestros juegos, pero había otras cosas, las recorridas por el Cerro que podría decirse, era nuestro segundo hogar, las casas que construíamos en los arboles con maderas y ramas, los autos preparados con plomo y ruedas, fabricadas con las cámaras de goma de los automóviles, etc. Con estos autos competíamos en las veredas del Barrio PYM, y dado que eran muy angostas, los autos debían estar muy bien preparados para que pudiesen circular por las mismas, sin salirse del circuito permitido. Cuando competíamos, venían de otros barrios, pero los autos de los visitantes, nunca tenían la performance de los nuestros. Nuestros autos, tenían mejores componentes, las ruedas de goma eran perfectas, nosotros contábamos con una ventaja competitiva, ¡Conocíamos el compás! Con él, trazábamos círculos perfectos que luego recortábamos y así, nuestras ruedas delanteras eran mucho más eficientes que las de los rivales.
En el barrio, también se practicaba la pesca deportiva. Una fisura en el tanque de agua de la ciudad, que estaba ubicado en el cerro, había contribuido a llenar con agua, una vieja cantera y allí se conformó un ecosistema en el cual habitaban, ranas, mojarras, bagres, etc. Hubo vecinos que venían de pesca de alguna laguna de la zona, y contribuían arrojando alguna especie nueva y hasta habitaron la pequeña laguna algunas nutrias. El record de la pieza de mayor tamaño es del Turco Jaluf, con un bagre que midió unos 20 cm. El pez se exhibió, a los curiosos, en una bolsa plástica de la tienda GALCER, hasta que sus vapores producto de la pudrición, ya no lo permitieron.
Si bien el tiro con honda o gomera, nunca se consideró deporte, en el barrio se practicó asiduamente. Para desgracia de las palomas, y demás especies habitantes del cerro, nosotros habíamos desarrollado una gran puntería. Las salidas se organizaban generalmente en dos grupos y cada uno salía en direcciones opuestas recorriendo el perímetro exterior del cerro. Se realizaron tremendas matanzas de aves, algo que si bien no es digno de destacar, hace a la historia de nuestro barrio.
El paredón de piedra que rodeaba a OSBA, Obras Sanitarias de Buenos Aires, por nosotros conocido como “Lo de Mangano”, tiene la impronta de nuestros culos, podría haber escrito glúteos, o asentaderas, pero culo nunca me pareció una mala palabra. Allí permanecíamos horas sentados, charlando, o bien era el punto de encuentro para elucubrar algunos hechos, ligados quizás, a la maldad propia de aquellos años. Esperar a la hora de la siesta para luego arrojar piedras a los techos de los vecinos, o inventar algún personaje siniestro y llevarlo a la práctica. En uno de estas obras del terror, Walter, se disfrazó con una sábana blanca y todos nosotros montamos una escena, en la que supuestamente, un sátiro estaba asolando el barrio. Lo cierto es que, lo que se inició como un chiste, se nos fue de las manos y se armó un revuelo bárbaro. El papa de Oscar llego con una cuchilla de carnicero en la mano, el de los Veliz con un arma, por suerte Walter era rápido y ayudado también por el cagazo, bajo raudamente del techo, escondió sus atavíos de sátiro y apareció mezclado entre la muchedumbre, sin despertar sospechas. Los más enfervorizados salieron a buscar al presunto sátiro, con serias intensiones de darle un escarmiento. Nosotros, una vez que se nos fue el susto, nos divertimos largo rato de la situación generada y del compromiso de ciertos vecinos, en su afán de mantener el orden y la seguridad del barrio.
También se realizaron torneos de futbol por equipos, los partidos, eran organizados por un señor del cuál no recuerdo su nombre, pero si sus señas particulares: No tenía cogote y usaba el pelo en una imitación algo burda de Carlitos Bala. Los partidos se jugaban en el cerro en una cancha en la que el pasto brillaba por su ausencia y los jugadores debían esquivar pozos, además de patadas rivales. Jugar en nuestras canchas requería de una habilidad superior, ya que, el destino final de un pase, requería algunas cualidades ligadas a la adivinación, ya que un poco por las pajas bravas, un poco por los pozos y otro poco porqué la pelota no siempre era una esfera perfecta, la bola solía tomar caminos imprevistos. Los sábados eran días en los que el futbol solía ser un continuado. A partir de la hora del almuerzo, aun con el pollo o los fideos a medio tragar ya salíamos con los pantalones cortos y los saca chispas deshilachados a pegarle a la redonda.
Alguna vez, incursionamos también en el terreno de la filosofía, ya fuera en el paredón de piedra antes mencionado o en el cerro a la sombra del tanque de agua, solíamos mantener largas charlas, en las que los temas no siempre eran triviales y se limitaban a las rivalidades futboleras. También nos animábamos a esbozar algunas apreciaciones ligadas a la realidad de la ciudad, del país y por qué no del mundo. Hubo un tiempo en el que, en compañía del Coco Dagata, quien era profe nuestro en la secundaria, manteníamos largas charlas de ciencias y literatura. Para los del barrio, la cultura también era importante.
Siempre fuimos pioneros, ya por aquellos años, practicábamos el mountain bike, en realidad, no sabíamos que se llamaba así, para nosotros era moto cros en bici. El escenario de esta actividad era el cerro por detrás del monumento a la madre, La virgen de Fátima y por la calle superior del anfiteatro. En la práctica de este deporte, algunos sufrimos pequeños accidentes producto de la actividad en sí misma y de las patadas en el culo recibidas por nuestros padres, cuando llevábamos a nuestras casas, los pedazos de las bicicletas. También recibimos algunas persecuciones, resultado de las molestias que les ocasionaba nuestro tránsito, a los ocasionales amantes que se ocultaban en las tupidas retamas a la vera del circuito.
Así transcurrieron los años y nuestra vida en el barrio, una vida feliz, llena de alegría y hermosos recuerdos. Nos fuimos haciendo grandes, nos alejamos del barrio por algunos años, formamos nuestras propias familias, pero el recuerdo es perenne, inalterable para los que estuvimos allí. Los que podemos, siempre nos damos una vuelta y más allá de que paso el tiempo, faltan algunos, llegaron otros y el barrio cambio, hay un perfume, un aroma especial, es como una sensación que te traspasa, que te lleva a levantar la vista e inconscientemente, buscar con la mirada, con la pretensión quizás de encontrar a Gustavo el turko, Luis, Puli, Walter, Chichino, Oscar, Tosquita, Hugo, Coto, Edgardo, Carlitos, Miguel, al mono y verlos cruzar la 32 corriendo y venir a nuestro encuentro.

martes, 12 de octubre de 2010


“Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigare a su debido tiempo) son irrisorias: es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera...”
La casa de Asterion, JL Borges El Aleph


Balcarce, es una ciudad pequeña, una ciudad con muy baja densidad poblacional, en virtud de esto se comprende fácilmente que lo que nos sobra es espacio, metros cuadrados libres, abundan en nuestra ciudad. El perfil urbano de Balcarce era, hasta hace poco tiempo, bajo con casas de hasta dos pisos y muy pocos edificios se erigían con más de 4 pisos. En su fundación, fue la iglesia el más alto y a posteriori, el Hotel Balcarce y luego un par de edificios denominados Finantrade, no voy a entrar en detalles de porque este nombre, solo voy a mencionar que no fue muy feliz el destino de la empresa en cuestión. Lo cierto es que hoy, quien sabe por qué trasnochado capricho emparentado a una supuesta modernidad, se están construyendo en Balcarce dos torres de x pisos. La realidad es que enmascarando un argumento de innovación y avance para la ciudad, se encuentra la verdadera razón de este tipo de emprendimiento, que es nada menos, que la altísima rentabilidad que generan la multiplicación de la superficie y concentración habitacional en cualquier proyecto de propiedad horizontal. Es muy simple, alguien paga 96.000 0 120.000 u$s por un espléndido lote, y después multiplica su superficie por 9, 10, 12, 17, etc. Y además esa superficie se divide en dos o en cuatro, según la cantidad de viviendas que se quiera, la calidad y precio de cada una de estas. ¿Que genera esto? Una altísima concentración de servicios en una zona para la cual la infraestructura de la ciudad no está preparada. Los servicios, gas, electricidad, desagües cloacales, etc. se ven desbordados, ante la necesidad de un consumo desmedido y no programado. Ahora bien, ¿Qué pasa con nuestra ciudad, en lo que respecta a su topología edilicia? ¿Qué pasa con el brutal cambio del perfil urbano que plantea este tipo de construcción? ¿Se analizó lo que le sucede al vecino que recibirá un cono de sombras sobre su propiedad lindera durante casi todo el día, dependiendo de su ubicación?, Ninguna de estas cuestiones se analizan desde los entes de control, desde catastro municipal, obras privadas, etc. Como sucede con una gran parte de los códigos de ordenamiento territorial del país, el código, es un manual de unas 300 páginas y las excepciones al mismo, no caben en un estadio de futbol.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Fue Felíz en la estación El Moro



El atardecer caluroso de enero la encontró buscando sombra bajo el viejo galpón de chapa acanalada de la estación El Moro. Las sombras rozaban apenas tangencialmente su rostro de rasgos suaves.
Estaba sentada en la vieja y desvencijada butaca que otrora fuera del Ford modelo 38 de su abuelo. Había vuelto, tal vez buscando un recuerdo, o quizás algo que la retrotrajera a sus inicios y que le permitiera volver a comenzar. Ese recuerdo de un momento feliz, de alguna de sus tantas visitas a casa de sus abuelos en las vacaciones escolares.
- La paso mal en la ciudad, comentaban por lo bajo en el almacén de ramos generales, inalterable al paso del tiempo. Y tenían razón, más allá del chismerío, había mucho de cierto en esa afirmación. Las cosas no fueron buenas para ella en Buenos Aires, si lo fueron en un principio, se fue a la gran ciudad para estudiar, y se recibió de abogada. Esa fue una gran noticia para la familia y la gente de la estación se alegró, y era un solo comentario, Maribel, era La Doctora Maribel Chávez. Después comenzó a trabajar, consiguió trabajo como pasante en un bufete importante en pleno centro, Cabildo y Juramento, por recomendación de un escribano amigo de su abuelo.
Las cosas para ella marchaban, entre el asombro por todo lo nuevo en su trabajo, y el anonimato implícito en la sociedad de una gran ciudad, esto último, era algo que siempre le molesto y a lo cual como a cualquiera salido de un pueblo le cuesta asimilar.
Fue así, que intentando acceder a esta sociedad cerrada e impersonal, acepto acompañar a su jefe a una reunión de trabajo, en reemplazo de la secretaria que estaba enferma.
Allí conoció a las que a posteriori fuera su grupo de amigas, y también a Wenceslao, un hombre unos 20 años mayor que ella, de muy buen vestir y refinamiento, que se convirtió rápidamente en su amante. Para ella esta persona de fuerte personalidad fue un referente en sus inicios profesionales, pero en su vida cotidiana, dejo una marca profunda, inalterable, la transformo en alguien inseguro, la dejo vacía de ideas, de convicciones, se apropió de su alma.
Fueron sus amigas las primeras en notar ese cambio en su personalidad, y en sus visitas al pueblo, se la veía distante, meditabunda, era solo la sombra de esa chica alegre y con iniciativas que todos conocían. La relación se puso cada día más difícil de sobrellevar, pero su punto de inflexión se dio cuando una tarde al regresar al piso que compartían sobre la Av. Del Libertador, lo encontró a él en la cama con otro hombre. En ese momento se paralizo, el salto sobre ella y la tomo del cuello, mientras el otro hombre prestamente se vistió y luego ella sintió el ruido de la puerta de entrada que se cerraba bruscamente. El solo le dijo – hija de puta, si le decís de esto a alguien, te mato.
Esa sola frase le taladraba la cabeza a cada minuto. Él se había ido casi de inmediato y ella estaba sola, por su cabeza se amontonaban las ideas y las situaciones, luego de un largo rato, supo que tenía que marcharse, alejarse de él.
¡Adonde iría!, en Buenos Aires no le quedaba nada, toda su existencia se había amalgamado con la de él, fue allí donde se dio cuenta que estaba sola, mas sola que en el principio, sus amistades eran los amigos de él, sus amigas se habían alejado, ellas las había alejado siguiendo el consejo de él.
Por un instante dejo de lado las inseguridades adquiridas y comenzó a empacar sus cosas, llamo a un taxi y se dirigió a la terminal de retiro. Su celular no paraba de sonar, era Wenceslao el que la llamaba, ella no pensaba contestar, tenía miedo solo de escuchar su voz aunque fuera a la distancia impuesta por el teléfono, tan así de intenso era lo que sentía.
Llego a la estación de micros y compro un boleto para Necochea, de allí pensaba llamar a alguien que la fuese a buscar y la llevara hasta El Moro allí, sabía que se sentiría segura. Espero en un café que se hiciera la hora de la partida, luego despacho su equipaje y se sentó en su asiento, había pedido un boleto del lado del pasillo, hasta allí llegaba su temor, no se animaba a ir del lado de las ventanillas por miedo de que él tal vez la viese.
Así fue que pasaba apaciblemente, sus días en ese caluroso enero de 2001, si bien no se acostumbraba que las mujeres fueran al bar del almacén, ella lo hacía a la hora de la siesta y tomaba una cerveza helada, se sentaba en la mesa más apartada que encontrase y permanecía en silencio, mirando la nada.
Ella estaba en el galpón de chapa sentada en las sombras, apartada del intenso calor, cuando un niño entro corriendo. Era el hijo del dueño del almacén. – Señora, alguien la busca, es un tipo canoso y alto, pregunta por usted. A pesar del calor su cuerpo se enfrió de golpe, se puso de pie lentamente y sin contestarle al niño, comenzó a caminar hacia el almacén, ella sabía de quien se trataba.
Ni bien ella hubo entrado al bar, él se le echo encima, la tomo de un brazo y la arrastro hacia afuera, allí comenzaron a forcejear, ella comenzó a insultarlo, él le pego de lleno en su rostro, y mientras intentaba subirla a su automóvil por la fuerza, todos los vecinos que estaban en el bar y el almacén, empezaron a salir alertados por la gritería, poco habitual en la tranquilidad del pequeño poblado. Cuando el vio a la gente, comenzó a gritar que no se atrevieran a intervenir y en ese instante, mientras el amago a extraer algo de entre sus ropas, se escuchó una explosión.
Todos voltearon para ver y allí estaba de pie, el abuelo de Maribel, envuelto en el humo de la pólvora de su escopeta de doble cañón. En esos escasos segundos, Wenceslao, cayó herido de muerte por el disparo en pleno pecho.
Luego, como si preexistiera un acuerdo tácito entre todos, uno tomo el cuerpo, otro trajo una bolsa plástica, y entre ambos lo llevaron al pastizal que había detrás de la estación de trenes abandonada. El dueño del almacén y su hijo mayor comenzaron cavar la improvisada tumba y el dueño del taller y gomería puso en marcha el automóvil y lo guardo en su galpón para luego desmantelarlo por completo.
Maribel subió a la camioneta de su abuelo, y se fueron juntos. Al día siguiente no quedaban rastros de lo que había sucedido, la actividad del paraje no fue alterada, nadie menciono jamás lo que paso. Maribel, al año siguiente abrió su estudio y se mudó a la ciudad de Necochea. Todos los fines de semana, vuelve a El Moro.