martes, 9 de agosto de 2011

El Silbido de Suipacha y 27


El Barrio PYM, tuvo desde sus comienzos algunas particularidades. En él, no solo vivían personas, seres humanos comunes y corrientes, habitaban también algunos seres sobrenaturales. Estos seres, en algunos casos producto de la imaginación colectiva, influyeron en el barrio y hasta podría decirse moldearon de cierta forma el carácter de sus habitantes. Un caso similar al de los habitantes de la antigua Roma, que haciéndose eco de las predicciones de Eritea, vivían en temor absoluto de los Periteos. Si bien este tipo de situaciones dista mucho de las acaecidas en el barrio, sirve para ilustrar un hecho sucedido hace ya algunos años.
El Silbido de Suipacha y 27, debe su nombre al lugar donde comúnmente hacia sus apariciones. Era un ser extraño y peligroso para algunos, hasta el momento nunca fue sujeto de estudio ni formo parte de ninguna compilación, bestiarios, etc. Era más bien tímido pero no por esto, los habitantes del barrio se negaban a restarle peligrosidad. Al principio, no se dejaba ver, posiblemente le diera temor salir y andar entre los hombres. Se lo podía escuchar en esas mañanas de invierno, donde el deber de la escuela, nos sacaba a la calle bien temprano, con la orejas frías y la nariz colorada. Su silbido era tan claro y musical, que merecería el calificativo de canto. Muchos fueron los que se perdieron cuando se internaban en el baldío de pajas e hinojos, en donde hoy se encuentra el Colegio Nacional. De ellos nunca se supo más nada, solo unos pocos pudieron informar de lo sucedido, los que se libraron a tiempo del encantamiento, contaron y escribieron al respecto con proliferación de detalles. Esto hizo que El Silbido, permaneciera oculto por algún tiempo. Lo cierto es que las tropelías del personaje no se hicieron esperar y las desapariciones comenzaron a sucederse, a ser noticia, parecía no haber forma de detenerlas. Las desapariciones, comenzaron a ser cosa común, se decía por aquel tiempo que algunos aprovechaban este escenario para abandonar a sus esposas, y así justificar algunas noches de farra. La Policía local, presionada por la ONG Mujeres sin marido, inicio una investigación tendiente a esclarecer estos hechos. Según figura en los registros de la época, luego de entrevistar a todas las damas, que victimas del Silbido, habían perdido a sus maridos, concluyo que este ser, atacaba solo a hombres. Acto seguido se dispuso a buscar paralelos en casos anteriores y siguiendo los consejos de algunos eruditos locales, se internó en la lectura del libro de Las Mil y Una Noches, y el compendio de seres imaginarios de Jorge Luis Borges, tratando de encontrar en estos relatos algún ser, un Efrit, etc, con características similares y así poder establecer un patrón operativo.
Mientras todo esto sucedía, El Silbido, ajeno a manejos burocráticos, seguía cobrando víctimas. A pesar de algunas teorías, muchas de ellas esbozadas por amantes de la ciencia ficción, entre ellos nuestro amigo Puli, que insistían en la existencia de una puerta hacia otra dimensión, es el día de hoy que aún se desconocen los motivos que impulsaban a este ser a obrar de esa modo. Alguien alguna vez se pronunció, tal vez, con la explicación más aproximada, diciendo que se trataba de un ángel que desafío al Dios del canto y este lo rebajo a la categoría de silbador, hasta tanto reuniera un auditorio lo suficientemente grande y así lo liberaría de la condena impuesta. El tiempo transcurría y parecía imposible parar su derrotero de secuestros, no había forma de seguirlo, además, desaparecía cuando se intentaba acercarse con la intención de atraparlo, se desvanecía ante la sola presencia de la gente. Pero entre tanto predicamento e inconvenientes, surgió algo que cambio diametralmente la realidad, El Silbido se enamoró. En realidad, todos los monstruos han amado alguna vez, no podemos olvidar a Macbeth. Pero volvamos al monstruo local, El Silbido hacia sus apariciones en Suipacha y 27, por aquel tiempo, una mujer, una belleza única que había dejado la adolescencia hacia muy poco transitaba por Suipacha a diario, su hogar estaba cerca del Cerro el Triunfo y esta calle era un recorrido casi obligado para llegar a distintos lugares de la ciudad. Su belleza se destacaba, en aquellos años, por sobre de todas las mujeres de la ciudad. Tenía el cabello negro, una figura de curvas suaves y rostro de ángel adornado por bellos ojos de color azul verdoso. Realmente fueron pocos los que no estaban prendados de los encantos de esta belleza local y se trasformaban en sus admiradores, confesos o no. El Silbido, no pudo permanecer al margen, el verla a diario desato en él una pasión que lo perdió. El simplemente se enamoró. En virtud de su origen oscuro y en su deber, se había prometido no descender a hablar de amor, mucho menos con una simple mortal, pero le fue imposible. Una tarde en la que ella pasaba como de costumbre, por Suipacha y 27, El Silbido salió a su encuentro y entono para ella una melodía maravillosa, tan es así que la bella no pudo resistir al embrujo del monstruo. Ella sabía de las actividades de El Silbido, pero su sentimiento hacia el monstruo estaba por encima de la razón. Pasaba el día odiándole, cuando se enteraba de alguna atrocidad cometida por su amante, prometiéndose permanecer fría y severa, pensando que así el concluiría con sus tropelías, pero llegado el momento de sus encuentros, siempre cedía al influjo de su amado. Mientras esto sucedía, las fuerzas locales del orden llevaban adelante su investigación con más obstinación que fortuna. La bella y el silbido eran vistos a menudo caminar por los senderos del Cerro El triunfo, y esa era la oportunidad que esperaban para poder atraparle. Sabían que este ser era débil en sus apariciones físicas, cuando tomaba forma, para poder así, disfrutar de los favores de la bella.
Para que el plan fuese perfecto, debían contar con la colaboración de la dam y esto al parecer era el punto más difícil. El hecho era que había que convencerla y los hombres del pueblo sabían de sobra que esto no era una tarea fácil, ya que muchos de ellos habían intentado enamorarla de múltiples formas y así alejarla del monstruo. Había algo más en esta mujer, tal vez la proximidad con El Silbido había desarrollado en ella una capacidad de encantamiento tal que con solo mirarla, a duras penas podía uno resistirse a su seducción. Pero quien la oyera hablar y sobre todo si llegara a entablar un dialogo con ella, no podía de modo alguno librarse de tan extraordinario encanto. Hasta hubo quien dijo que prefería enfrentar al monstruo. A falta de voluntarios, fue el comisario local, quien personalmente llevo adelante el plan. El comisario pudo contactar a la mujer y luego de varias hora de conversación logro convencerla. Lamentablemente aquel pobre hombre, jamás tuvo descanso de la pasión que lo acompaño hasta el final de sus días, que concluyeron por mano propia, ante los reiterados desprecios de la bella. Con la ayuda de la mujer el plan funciono, en esta tarea, algunos de los ayudantes del comisario fueron atrapados por El Silbido que al verse acorralado, cual Gorgona, los trasformó en piedras que quedaron mezcladas con las del Cerro El Triunfo. Una curandera local, sugirió la posibilidad de devolverlos a la vida si eran rociados con una poción de agua, sal y algunas hierbas y fue así que con la ayuda de gente del barrio PYM, se procedió a mojar cada piedra que había en el cerro, con la mezcla preparada por la curandera. Pero esto solo sirvió para el descredito de esta mujer. El silbido estaba encerrado y si no fuese por la turbación que provocaba la pasión por la bella el comisario hubiese gozado este momento de sublime gloria personal. Si bien no se sabía ciertamente como proceder para eliminar al monstruo, se supo que el comisario, para contar con la ayuda de la bella, tuvo que concederle algunos privilegios. Así fue que la mujer se presentó a visitar al Silbido, este se encontraba encadenado y con sus ojos tapados, por precaución. Su boca estaba también tapada con una gran cinta adhesiva. Al llegar cerca de él, solicito al guardia que le quitara la cinta de su boca, el comisario accedió al pedido y el guardia dejo descubierta la boca del monstruo. A sabiendas de la traición de ella, El Silbido no la miro y para sorpresa de todos, comenzó a hablar. –“Querida amiga, lamento el amor que me tomo, en vano busco el mérito que pudo haberlo inspirado. Pero por favor, volvamos a sentimientos más mundanos, olvidemos las ilusiones que nos perdieron, yo no puedo ser suyo. Quizás la mala fortuna que ha acompañado a mis actos se debe a que siempre estuve en pecado. Pero el peor de todos, sin dudas, fue amarla sin atender a los consejos de la prudencia. Ahora, deberá disculparme, pero llego el momento de marcharme.”
Y diciendo esto, El Silbido de Suipacha y 27, desapareció, dejando ante los ojos de la bella, el comisario y el guardia, solo sus cadenas. Son muchas las teorías esbozadas que trataron de explicar su existencia. Particularmente hay una de ellas que a mi entender es la más cercana, o al menos la que en particular más me gustaría que fuese certera. Es la teoría del doble, pero no el concepto del doble Escoses, mucho menos el Alemán, me inclino por la teoría Judía del doble, según describe, este no era presagio de muerte, sino por el contrario, certidumbre de haber logrado la iluminación y el paso a un próximo plano. Sé que esta era la misión de El Silbido, la de llevarnos a un estado superior, pero como muchos otros seres con idénticas misiones, fue un incomprendido.
De todos modos, algunos dicen que la amenaza del silbido, aún pesa sobre los habitantes del Barrio PYM, como pesa sobre todos nosotros la sustancia del amor no correspondido, del amor imposible, la búsqueda de un amor que por perfecto raya en el absurdo.

EL LLANTO ERRANTE


El llanto errante, se presentaba de repente, sin avisar. Solo bastaba el hecho simple y cotidiano de andar caminado por los alrededores del Cerro El Triunfo, o bien por alguna de las sinuosas callecitas empedradas del Barrio PYM. Este personaje misterioso convivía con el común de la gente y se daba mayormente con los seres más sensibles y melancólicos a los cuales detectaba vaya uno a saber de qué manera. Esa suerte de imán detector lo llevaba a tener encuentros habituales con la gente de nuestro barrio. Algunas veces, El Llanto solía cometer alguna travesura. Del mismo modo que detectaba a los sensibles, también detectaba a los duros. A los que más le gustaba sorprender y con los que disfrutaba jugar, era con los que se decían a sí mismos machos. A estos, generalmente, los sorprendía en alguna reunión en el Club El Riojano, jugando al tute, o bien, mientras comían algún asado en alguna peña. Allí los tomaba por asalto y los hacia lagrimear y llorisquear desconsoladamente. Pero lo habitual en él era la búsqueda de seres sensibles, particularmente con las damas era con quien lograba una suerte de simbiosis. La Kabbalah, cuenta que Dios registra cada lágrima de una mujer, El Llanto también lo hacía. Las mujeres eran sus amigas por naturaleza, algunas solían compartir con el largos ratos, se las podía ver sentadas en los bancos de la plaza de la cruz, en el paredón de piedra de la ex OSSBA o bien sentadas en los gabinetes de gas en las veredas del barrio, lamentablemente, la sensibilidad no es un don que abunda, de allí que eran pocos los que podían ver estos encuentros. La gran mayoría, veía solo a la mujer a la que en comúnmente tildaban de loca. Cuando El Llanto Errante hacia sus apariciones, el llorar era un ejercicio inevitable, lo cual dejaba en ridículo a los machos que comenzaron a perseguirlo. Una a favor del llanto era que, la natural ecuación muestra, que a mayor machismo, menor sensibilidad, lo cual hacia que El Llanto fuera imperceptible para estas personas. Igualmente estos tipos iniciaron una persecución sin cuartel contra el singular personaje, sus técnicas de detección fueron tan burdas que generaron no más de un problema, sobre todo con las mujeres. Quien sabe a quién de estos energúmenos se le ocurrió, que una buena forma de sorprender al llanto, era seguir a las damas y en el momento en el que se encontraban sentadas en alguno de los bancos de la plaza o en el paredón de piedra, arrojarles un balde de pintura y allí ipso facto, atraparlo. Esta burda técnica de detección, genero una bataola generalizada, las damas del barrio sumamente indignadas reclamaban a los machos, las correspondientes disculpas y el resarcimiento económico que incluía, peluquería, manicura, zapatos y prendas de vestir. Lo cierto es que este tipo de actitudes contribuyeron a que El Llanto Errante, minimizara sus apariciones, quizás avergonzado y en cierta forma sintiéndose culpable de las molestias que su amistad les ocasionaba a las mujeres, sus amigas. El tiempo fue transcurriendo, la vida y los menesteres más mundanos, fueron restándole tiempo y alejando a las damas de los encuentros con este personaje. Así fue que El Llanto Errante, se vio cada vez más solo, menos requerido y lentamente, desapareció. Sin hacer mucho ruido, se encamino hacia el olvido y jamás regreso.

jueves, 7 de abril de 2011

LA PLUMA CON TINTA VERDE


La mágica energía del sol, se esfumaba entrada la tarde en Valparaíso, era un día común, un jueves de mediados de enero en el que, los que no gustan del calor, ruegan por este momento entre tibio y fresco que da el atardecer.
Estaba recorriendo la ciudad, era la primera vez que la visitaba y todo para mi tenía el valor agregado de la novedad. Había estado caminando desde temprano y el cansancio comenzaba a hacerse sentir. Ya de regreso al hotel, caminando por una calle un tanto oscura y empedrada, de un portal salió a mi encuentro un anciano. No recuerdo muy bien su aspecto general, si recuerdo el momento de temor intenso que experimenté ante ese hombre. Si bien era un anciano, sus ojos de un color muy pálido, grises, le daban una apariencia extraña, tenía un olor rancio que llenaba todo el aire y secaba la garganta. Al acercarse no dijo mucho solo buenas tardes, metió su mano en el bolsillo lateral de un saco de paño que vestía a pesar del calor, y extrajo una lapicera, una pluma fuente de color negro con detalles dorados. En el momento en que me dirigí al viejo me temblaba la voz y salieron de mi boca solo un par de frases inconexas. El intervino de inmediato.
-No diga nada, no hace falta, tome la pluma por favor, ella y yo llevamos ya mucho tiempo esperándolo.
Y diciendo esto se volteo y comenzó a alejarse. Quise preguntarle algo, pedirle alguna explicación pero estaba paralizado, trate de llamar su atención pero no me hizo caso. Al alejarse murmuro una frase, algo como This age of cant.
Pude reconocer algo de Byron en ella.
Cuando llegue al hotel todavía no podía salir de mi asombro, me senté en una de las esquinas de la cama y comencé a observar la pluma, era una pluma común clásica, de excelente calidad. Tome una de las hojas de notas del hotel y escribí mi nombre en ella, note con sorpresa que la tinta era de color verde. Luego comencé a dibujar flores y pececitos sin reparar en lo que hacía. Me detuve en el instante en que tocaron a la puerta, era el conserje para avisarme que habían aceptado mi tarjeta de crédito. Luego de esa banal interrupción, tome un baño salí del hotel y me dispuse a buscar un restaurante, la pluma quedo sobre la mesa al lado de la cama. Esa noche tuve sueños un tanto raros, como de otra persona.
Salí temprano a desayunar, llevaba conmigo algunos libros de trabajo y hojas en blanco. También la pluma con tinta verde, mientras tomaba el café, comencé a escribir algunas notas de viaje e informes, note que la escritura tomaba la forma de versos y luego una suerte de prosa desordenada. La descripción de un pueblo a orillas de un rio de montaña, etc. Pero no era yo, era la pluma, el instrumento, no había vínculo entre ella y mi mente. Era como que escribir solo implicaba seguir escribiendo, ficción y realidad estaban separadas solo por pequeños detalles casi imperceptibles. Por momentos, tuve que esforzarme para mantener la conciencia y no perderme llevado por la pluma, su verde tinta y su propia causa.
Los días fueron transcurriendo y todo se daba en torno a la pluma y su mandato, escribir. Me veía a menudo tan compenetrado en la escritura, podía esta en tres continentes de forma simultánea. Lugares de oriente, más precisamente de Asia, luego me ubicaba en lugares de Europa, donde puedo reconocer algo de España en ellos. Y Sudamérica, montañas y lagos conocidos. En un principio lo que escribía era confuso, diálogos entrecortados, descripciones minuciosas de ciudades exóticas, cosas sin conexión aparente.
Lo que comenzó siendo una revelación término en una suerte de vicio. Pasaba días enteros encerrado, sin bañarme, a veces sin comer, dormía en cualquier lugar de la casa, donde me ganaba el sueño.
Comencé a desvariar, a no reconocer las cosas como propias, y era en esos momentos donde la tinta verde salía a borbotones y al contacto con el papel, se transformaba en versos maravillosos.
Todo iba bien, ya había escrito algunos relatos y una sucesión de versos de muy prolija rima y de gran inspiración. Apelando a la amistad con el editor de una revista de variedades, le pedí que me recomendara a alguna editorial, con la intención firme de publicar lo que consideraba mí opera prima. Yo, que nunca había sido un amante de la literatura, muy a pesar de los ruegos de mi madre, estaba entusiasmado con publicar aquellos versos de perfecta métrica y depurado estilo.
La sorpresa y la desilusión, fueron tremendas. Me decían si mi intención era una reedición, que esos versos no eran míos. Se los atribuían a un tal Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, un Chileno apodado Pablo Neruda. Insistí, amenace con iniciar acciones legales, me retiraron con la seguridad de las oficinas de la editorial. Seguí presentándome en otras tantas con la misma suerte, hasta que me detuvieron, por daños a la propiedad, un amigo pago mi fianza y me llevaron a un hospital por mi precario estado de salud. Cuando me recupere, los deseos de escribir eran irrefrenables, mi insistencia con la publicación de mi obra se tornó insostenible hasta que me encerraron.
Hoy, en mi reclusión, los amigos que me visitan me observan a través del cristal, los escucho hablar entre sí, dicen no reconocerme. Hoy paso mis días entre estas paredes de color marfil, de vez en cuando, liberan mis manos de este chaleco de lona, y me dan pluma y papel, nunca más tuve contacto con la pluma con tinta verde, no sé cuál fue su destino.

martes, 5 de abril de 2011

El Plan B


El plan B
El, la miró. Bajando y levantando la vista, como cuando se teme a un resplandor. Luego balbuceo una entrecortada disculpa.
-No es solo culpa mía dijo, mientras la volvía a mirar de costado.
-Lo que más me molesta es que no reconozcas tus errores replico ella.
Está bien no llevemos esto a un sitio sin salida, la idea ya estaba instalada en tu cabeza cuando yo te la propuse, además sin tu apoyo y tu incentivo no me hubiese arriesgado a hacerlo.
La cabeza de el apenas echada atrás, reflejaba en su incipiente calvicie la luz de la lámpara del comedor. Ella no decía nada, solo lo miraba negando con movimientos de cabeza y con un rictus de desaprobación en sus labios.
-Tenes que reconocer que si bien acordamos en un principio, nunca estuve convencida con la manera de llevarlo a cabo.

-¡Ah claro! Ahora como el plan fallo me queres cargar con toda la culpa.
Casi sin querer él dijo –Justo ahora que teníamos la oportunidad de hacerlo… porque a Osvaldo no lo vamos a poder convencer nuevamente. Está muy asustado con tantas preguntas de la policía y la gente del juzgado.
-No te preocupes, Osvaldo no va a hablar. Además si lo hace el también queda pegado.
Era la misma hora en la que lo habían intentado, a esa hora el coronel acostumbra a dar su paseo vespertino. Estaciona el auto frente al parque y camina circundándolo tres veces. Su chofer y guarda espaldas lo sigue con la vista desde dentro del auto.
El momento justo es cuando pasa frente a la iglesia, allí está la callecita lateral, que comunica con los fondos del teatro municipal. El tarda unos cinco minutos en cruzar el ancho del portal de entrada. Su paso es firme a pesar de la pierna ortopédica y su bastón.
Ella dijo –Ves, a esta hora tendríamos que estar de nuevo parados allí.
-No te preocupes, tenemos otra oportunidad para intentarlo, o también podemos intentarlo en el campo, si la tenemos complicada aquí. Osvaldo tal vez nos va a ayudar de nuevo, vas a ver. El goza de un gran concepto con el coronel, son quince años que trabaja para él. Justo cuando murió el viejo Miranda, el entró, ¿te acordas?
-Si por eso es que creo que la policía no sospecha de él. Tendríamos que llamarlo.
-No, tratemos de encontrarnos, esto hay que hablarlo en persona, además que tal si le intervinieron el teléfono, es muy arriesgado, mejor veámoslo en su casa, como una visita de amigos.
Ella se acercó a la ventana y suspiro, en el cielo las nubes semejaban montañas cargadas de nieve. Invitaciones a travesías sin más límites que la propia cordura. Tal vez fueron esas imágenes las que la devolvieron a sus recuerdos de niña cuando nada sabía aun del horror de los hombres. En esos paisajes nevados fue que decidió, aun siendo niña que no habría para ella más sueños que los que pudiera realizar, sus ideales se fueron concibiendo inmaculados como esas cumbres que observaba a diario.
Sacudiendo al cabeza, volvió a la realidad. Se dio vuelta y lo observo con una mezcla de ternura y lastima. Es tan débil, pensó, pero ya estaban en una situación en la que les sería difícil salirse sin que alguno fuera lastimado.
-Qué te parece si nos vamos al campo y lo esperamos allá. El mes que viene es setiembre y el coronel siempre visita la estancia en primavera, podemos poner sobre aviso a Osvaldo y listo. Sería más fácil. Sinceramente no aguanto más esta espera.
-No seas ansioso, ahora no podemos cometer errores. Atende el teléfono por favor.
-Es Osvaldo, esta llamado de un teléfono público, está muy asustado, dice que se vuelve para el campo.
-Está bien, decile que se vaya y que se ponga a trabajar como si nada hubiese pasado.
El colgó el teléfono y la miro con ojos interrogantes. -¿Qué pensas hacer?, le dijo.
Ya veremos. Convendría que vos también te vayas, podes ir a Bahía Blanca y esperar en departamento de papa. Dejame que busco las llaves. Instalate allí y espera que te llame, estate listo para salir del país.
-¡No podes ahora dejarme afuera, yo ya di la cara por vos la primera vez!
-Si puedo, es lo mejor, haceme caso y andate.
El comenzó a poner sus pocas ropas en un bolso negro y a mover el cabeza resignado. Ella se sentó y encendió el televisor. Mientras miraba el informativo de las 20:00, sintió como la puerta de salida se cerraba de un fuerte golpe.
Al día siguiente termino con los preparativos y se fue. Espero sentada en las escalinatas de la iglesia, sus ojos con las pupilas dilatadas, captaban cada momento y cada movimiento en el lugar, tal vez presagiando que nunca volvería a sentarse en ese lugar. Estuvo toda la mañana sintiendo el sol en la cara. Desde las siete vio el desfile de los chicos que pasan para la escuela, a los mozos de la confitería Jockey que entraban a trabajar. Vio el devenir de los colectivos de la línea 512, y hasta pudo observar un cortejo fúnebre de varias cuadras.
Ya por el medio día, pudo ver el regreso de los mismos niños que había visto llegar en la mañana, vio salir también los mozos y a cientos de transeúntes que caminaban, a diferente ritmo. Así transcurrió gran parte del día hasta que las campanas llamando a misa de las diecinueve, tocaron. Metió la mano en el bolso y al tacto comprobó que el revólver, ese 38 de caño de dos pulgadas que había sido de su tío, estuviera cargado, rozo con la yema de los dedos el plomo de las balas.
Se quedó inmóvil por un largo rato, hasta que vio aparecer el Mercedes Benz, verde claro del coronel. El chofer estaciono en el lugar de siempre sobre la vereda de la sombra en la calle Vértiz. El coronel bajo del auto y con paso erguido cruzo la plaza para encaminarse al portal de la iglesia. Ella salió a su encuentro, despacio, como quien por primera vez sabe que va a hacer en su vida. Cuando llego a cruzarse con el coronel, simplemente y con un movimiento estudiado, le descargo los primeros tres disparos en su pecho, luego, mientras todavía el seguía de pie, le descerrajo dos en la cabeza, a la vez que como si rezara, repetía - por Jorge, Clara y Papá.
Luego, ya no se detuvo a pensar en su madre ni su hermano, que estaban en Bahía Blanca, ni en su novio, Andres. Ya no pudo pensar en todos los planes que había imaginado y no realizaría jamás. Solo utilizo esa última bala, disparando en su cabeza.

martes, 22 de marzo de 2011

MODERN LOVE


Puedo verte a través del tiempo, de lo clásico, de la modernidad y la posmodernidad. Pasando por esta actualidad ecléctica.
Allí estas, de pie y puedo verte por la doble altura del atelier de Ozenfant, subiendo por las cuestas suaves de las rampas curvas de la Ville Saboye.
Tu mirada puesta en el infinito, en la perspectiva interminable del curtain Wall.
La tenue luz que se cuela por los muros de Romchamp, baña suavemente tu rostro, resaltando en sus claroscuros la perfección de tus rasgos. Sin interrumpir tu rezo, me alejo y me adentro en el sinfín de colores de los muros del acceso que como un caleidoscopio desorienta mi mente y hace que me olvide de ti por un instante.
Te busco, perdí tu rastro en Marsella, pero sigo tras de ti, el torero de Picasso me señala el camino, de a ratos estoy más cerca. Douglas me atrae y su blancura contrasta con el verde del bosque que crece en la ladera y el azul intenso del lago, todo es un marco para el dorado de tu piel. La linealidad de sus columnas y las aristas vivas de sus muros, dialogan por oposición con la suavidad de tus formas, que realzan aún más la belleza del entorno.
Busco pistas en los cinco postulados, pero caigo en el monismo de pensar solo en ti, tu como única idea. El grial en esta búsqueda, se vislumbra y se alcanza solo si logro de ti lo más difícil de obtener, lo más complejo. Tu perdón.

domingo, 20 de marzo de 2011

De amores imposibles o de como embozar el sentimiento


De amores imposibles o de como embozar el sentimiento
Les habían dicho que era peligroso enamorarse. Que se perdía la noción del tiempo, que se hacen cosas incoherentes, que uno anda por las calles despreocupado, mirando las casas, los negocios, sus vidrieras, silbando o cantando. Que la gente al mirarnos se daba cuenta por la expresión en los ojos.
En algún momento pensaron que era un privilegio el sentirse así ahora. Casi un premio a no sabía que.
Su entusiasmo no había decaído en esos meses en los que se veían y nunca supieron muy bien cómo comenzó, pero se conocían desde siempre, lo cierto es que se desconocían. Ella se presentó en su vida de repente, como las estaciones, que por más fechas establecidas comienzan sin avisar. Y así con una invitación que el tardo en responder, empezó todo.
“Si puedo esperarte bajo la lluvia sin pensar en que demoras demasiado y que mi apuro es solo por verte, esto es señal suficiente para ver que algo en mi esta cambiando, sentir que por ti vale la espera”
Pesaba sobre ellos el tiempo, su pasado. Tenían que cruzar la línea atreverse y amarse. Pero era como cruzar el puente de Sirat.
Para ello hay que tener el coraje de valerse por su propio entendimiento. Pero mientras el amor crecía en ellos, lo hacía también el miedo de forma paralela. Animarse era tan difícil, ante la comodidad del hecho simple de amar en silencio. Sin arriesgar es más fácil, no se expone uno a lastimarse por amor. ¿Se puede vivir a expensas del miedo a amar? Si bien se disfruta el calor de la adrenalina en las venas cuándo estamos cerca, es mucho más seguro si el otro no lo sabe. Y así pasamos el tiempo.
“…Veinticinco años después volví a verla, apareció de repente, de la nada, en una de las tantas calles de La Plata. No pude reconocerla en la primera mirada, y solo repare en ella como en una mujer bella que pasaba a mi lado. Ella me miro y fue en ese instante en que la observe en detalle, su cabello apenas ondeado y oscuro dejaba ver algún destello de plata, lógico paso del tiempo que toca hasta lo más sublime. En cambio sus ojos de almendra, expresivos y su inquietante andar, seguían intactos.
Vestía con el gusto diferente y exquisito de siempre y en el momento en que cruzamos la mirada supe que el influjo de este ser sobre mi seguía ahí, perenne como la hierba. Quise hablar, pero no me salía nada, en cambio ella simplemente dijo – Que gusto verte otra vez, y se inclinó para saludarme con un beso, pero yo mantuve mi postura y me hice hacia atrás levemente, un beso aun en la mejilla, era de solo pensarlo insoportable.
Su perfume, Halston, el de siempre me envolvió y me sumió en una suerte de sopor inexplicable. Entramos en un café, y en el devenir de la conversación nos íbamos midiendo poco a poco, viendo que caminos habíamos transitado, por diferentes lugares, en esos veinticinco años en los que desandando el camino fuimos llegando al lugar común en donde nuestra vidas tomaron rumbos distintos.
Ya con el segundo café, la conversación cambio el tono, y me permitió verla como era, independiente, tenaz, imprevisible como un día de primavera. Su atracción y la fascinación de su ser siempre fueron un desafío en mi vida, era ni más ni menos que una puerta abierta, el ser más buscado, más deseado, el menos conocido. Me dirigí siempre a ella de múltiples formas, supe que mis mensajes llegaban.
Ahora estábamos el uno frente al otro, ambos sabíamos que teníamos pendiente, nos debíamos tanto. Como siempre ella tomo la iniciativa. “Las personas cambian, uno conoce apenas una faceta, o quizás dos, de vos solo conocí tus silencios, por esos años pretendía una simbiosis, estaba equivocada.” Ella si me conocía, sabia donde golpear.
Ok, le respondí, pero vos viste lo que te interesaba ver, ambos estábamos embelesados, y no supimos distinguir que nuestras vidas tenían propósitos diferentes, yo conozco a Picasso por su obra, vos por el valor de subasta de sus pinturas. En ese momento pensé que si la atacaba, si la agredía, si podía ofenderla, ella perdería su encanto, su influencia sobre mí, y sin embargo, en ese momento comprendí que ella si había madurado.
Me observo en silencio y cuándo mi andanada verbal termino, solo sonrió, dio un sorbo a su café y con toda su hiriente dulzura, me clavo el puñal de una sincera disculpa y dijo simplemente no compartir mi modo de ver la vida. Como al pasar miro su reloj, abrió sus ojos radiantes, se levantó de su silla y sin dejarme siquiera reaccionar, retoco un poco sus labios, pidió y pago la cuenta, y con una nueva disculpa se despidió con un beso que apenas rozo mis labios. Aprovecho mi momento de parálisis, el humo de los cigarrillos y los cristales empañados, me impidieron verla partir. Y así se fue llevándose su clásica belleza.
No he podido olvidarla, a pesar de los muchos intentos, odiarla jamás podría. Siempre que puedo paso por esa calle, guardo la esperanza, de poder volver a encontrarla.

jueves, 10 de febrero de 2011


Carne de urna
Teníamos la pretensión de creer que seriamos grandes, que tendríamos éxito. Tal vez esperábamos demasiado de nosotros mismos, sin darnos cuenta que llevábamos grabada a fuego la marca del fracaso. La necesidad de creer que éramos distintos del resto, fue el principal motor de esa pretendida realidad que nunca fue. Sin embargo, crecimos y vivimos siempre buscando esa fantasía, esa búsqueda nos distrajo, y se nos fue la vida en ese estúpido derrotero. Todo empezó, cuando el viejo se quedó sin trabajo, primero nos tuvimos que ir de la casita en Morón, después del hotelucho de San Telmo, y terminamos en la calle. Al viejo le salió una changa para juntar papa y así terminamos acá. Al poco tiempo de tirar la maleta, le dio un tirón en la espalda, lo trajeron a la casa y estuvo tirado en la cama, después vino uno de un seguro, y le dijo que no podía trabajar con la maleta, ni hacer fuerza. Al otro día, llego el patrón, le tiro unos pesos y no apareció más. Después no enteramos que el médico, un cuervo y el patrón se quedaron con mucha plata y lo hicieron pasar al viejo por inválido.
Somos los morochos, los negritos, los de los dedos afuera de las zapatillas flecha, con esa puntera de goma maldita que se despega de la tela y se doblaba, dejando expuesta la miseria. Las remeras rayaditas, con los botones al costado del cuello y los pantalones cortos de ese material plástico y caluroso, que se estira y por eso lo usábamos, para que durara mucho sin importar si crecíamos y cambiaba el talle. La gente nos ve, siempre de costado, con esa sensibilidad barata que les lleva a bajar la mirada, ese sentimiento de culpa que dura 30 segundos. Algunos, ni siquiera eso, nos pasan por al lado como si fuésemos de otra dimensión, como si nos pudiesen atravesar. No nos ven, o se hacen los boludos. Nos da vergüenza salir a pedir, pero cuando el hambre es más grande que el orgullo, no queda otra. Así que lo saco a mi hermanito de la cama y así, apenas nos sacamos las lagañas y salimos a ver que conseguimos para calmar un poco ese nudo maldito que el hambre te hace en la barriga. Nos parábamos generalmente en la puerta de esos negocios con muchas luces o con vidrieras grandotas, la gente nos pasaba al lado y nosotros le preguntábamos si podían ayudarnos con algo, la cabeza se debatía entre la denigración de la pregunta formulada y el estómago que apretaba y dolía cada minuto un poco más. Algunos te tiran unos mangos, por ahí aparece una señora que pasa con las hijas y es más generosa. La chica de la frutería de la 20, nos da siempre lo que le sobra, algunas bananas pasadas y a veces hasta algunos huevos.
El verano es más difícil, no está la escuela, allí por lo menos comemos y tomamos la leche, en la de verano no nos reciben, no sé porque papeles que el viejo no tiene, él dice que los perdió.
Varias veces nos tuvimos que ir de la casa y estar en la calle, cada dos por tres, aparece una señora que dice que es asistente y nos quiere llevar. La última vez, vino con unos de traje y los ratis. Suerte que los vi, lo agarre a mi hermano del brazo, y nos salimos por la ventanita de atrás cortando campo.
La infancia fue más dura, después de más grandes algunas changas se hacían, pero nunca hubo gran cosa para hacer. Cada tanto por ahí aparece un concejal con el auto y te tira unos mangos para que lo votes. Mi hermano se casó, tiene un hijo y como lo manda a la escuela le pagan el plan. Yo no, para que, si tengo hijos van a ser como yo, un negro sin oportunidad, para que, para padecer, para que los miren como a mí, con lastima. Así fue y es nuestra vida, esa mezcla de pasado y presente sin rumbo, sin salida, sin esperanza.

lunes, 10 de enero de 2011

El devorador de N° 5


La pelota, balón, globa o como quiera que se haya dado a llamar a este objeto esférico y lúdico, es en sí mismo, un elemento de concertación social. A nadie, salvo a algún nene egoísta y malcriado, se le ocurre jugar solo con una pelota. Tan solo, con el primer pique o bote a tierra, su sonido grave, cual bombo legüero, llama a todos a su encuentro. Con la pelota N° 5, se practica el más popular y democrático de los deportes, el futbol. Digo democrático, porque es una forma que se me ocurre para significar la posibilidad universal de practicarlo, nadie queda afuera, desde el hábil gambeteador, el elástico arquero, el febril y brusco defensor, o el simple patadura. En el barrio cualquiera fuese nuestra condición y predisposición natural y deportiva, todos sin excepción jugábamos al futbol.
El escenario, en el cual se desarrollaban habitualmente los partidos, era un espacio verde, abierto y sin límites naturales que la casualidad nos llevó a ocupar. Estaba recostado sobre el cuadrante sudeste del Cerro el Triunfo. Allí se jugaba. Los horarios eran diversos pero los más populares, eran los posteriores al almuerzo de los días sábados. Salíamos a jugar, como todos los sábados, pero ese día comenzó sucederse un hecho extraño. Estábamos trenzados en un partido, que no se definía, los pelotazos iban de un lado a otro, hasta que, la pelota salió empujada al lateral y se perdió entre el pastizal cercano.
- Che, dale el que la patea la va a buscar, grito Edgardo.
Fue así que, refunfuñando, salió Puli a buscarla. Lo veíamos que caminaba entre el pastizal y nada, no traía la pelota.
- He qué pasa, estas chicato que no la encontras? Si cayo ahí nomás!
Gustavo se sumó a la búsqueda y después el chino, al final terminamos todos entre el pastizal buscando la N° 5, después de todo, sin pelota no hay partido, así que no quedaba otra que encontrarla. A uno de nosotros se le ocurrió que si nos poníamos en fila uno al lado del otro y comenzábamos a caminar el pastizal, la tendríamos que encontrar sí o sí.
Pero pasaba el tiempo y la redonda no aparecía, de repente los pastos se movieron como en una suerte de ola.
- Che y eso que fue! Grito Carlitos que estaba al lado de la ola de pasto.
- No sé, yo lo vi pero pareció el viento. Dijo Luis
- Si pero el viento no levanta el pasto de la tierra. Comento Puli.
Lo cierto es que nos quedamos duros, esperando ver quien reaccionaba y se animaba a mirar por ese lado, pero los eternos segundos que trascurrieron, nos mostraban a todos clavados al piso como si los tapones de los saca chispas se hubiesen clavado en el suelo. Walter fue el que se animó a mirar, y grito
- Miren ese gajo azul es de la pelota!
Todos nos acercamos y allí estaba entre los pastos un gajo entero y otro pedazo ambos de color azul gastado. No podían ser de otra cosa, que de la pelota de Boca Jr. de Gustavo.
¡Que paso! Gritamos todos al unísono.
- Pero si estaba nueva, bah, ya tenía un tiempito pero estaba buena.
- Y además, si reventó, porque no escuchamos el ruido?
Esos eran los interrogantes, pero todos sin respuesta, estábamos entre asustados y sorprendidos.
- Qué hacemos? Que alguien traiga otra pelota para seguir el partido. Grito mi hermano.
- Si, por que no traes una vos, si sos tan macho. Exclamo el chino haciendo un gesto ampuloso con sus brazos.
- Bueno pero ya se hace tarde, porque no dejamos y nos vamos, total quedamos 4 a 4, el sábado que viene la seguimos. Luis.
Y así fue, nos fuimos cada cual para su casa, a sacarnos la mugre y prepararnos para salir a dar la clásica vuelta del perro por el centro o a visitar a las tías, y quizás, el que tenía más suerte por ahí ligaba un helado de Laponia o de lo de Jony.
Paso la semana, con la responsabilidad de la escuela y llego el ansiado sábado. Así fue que salimos todos para el potreo, mi primo David, había traído una N° 5 de las buenas, las de gajos chiquitos.
La pelota era blanca y estaba nuevita.
- Esta, con lo que brilla, si se va al pastizal la vamos a ver enseguida. Grito Puli, quizás preocupado por si la tiraba de nuevo a la mierda.
El partido arranco respetando el resultado de 4 a 4, estaba interesante un poco más lirico que el anterior y la pelota corría pegadita al piso, la pelota nueva tal vez ayudaba para que se jugara mejor. Algunos tiros en los palos, una atajada impecable de Walter, y el partido no tenía desempate. Fue en ese momento, luego de la atajada que la pelota salió al lateral y como empujada a su desgracia, se perdió entre los pastos altos.
En ese momento cuando uno de nosotros se disponía a ir a buscarla se escuchó el sonido, era una especie de silbido grave y a la vez suave. De inmediato ocurrió. Los pastos parecían levantarse de la tierra, casi que podíamos verle las raíces a la gramilla, en ese instante, lo vimos. Nunca pudimos explicar ni explicarnos que era.
Todos lo vimos, era largo, ágil, de cara pálida, pero con una sombra grisácea. Sus finos labios apenas se dibujaban y la boca parecía una larga herida, sin cicatrizar. Tal vez examinando bien el ángulo de la boca, un ojo escrutador habría podido sorprender cierta dureza fría y egoísta, tal vez algo felino también, es decir, paciencia y ferocidad.
Nos quedamos mirándolo fijamente, no por valentía o intentando desafiar a la bestia, sino más bien paralizados por el terror. En ese momento, cuando se retorcía y dejo de silbar pudimos ver que no tenía ojos. Luego escuchamos un sonido sordo y vimos como la pelota nueva y blanca, la buena, la de los gajos chiquitos, salía por el aire en tres pedazos que cayeron casi delante de nuestros pies.
Tomamos los pedazos y nos fuimos corriendo a refugiarnos en nuestras casas.
No comentamos nada, al día siguiente, el domingo, de a uno fuimos apareciendo, asomando la jeta, fuera de nuestras casas. Nos juntamos en derredor del gabinete de gas de la casa de mis viejos.
Nadie se animaba a mencionar a la bestia.
Luis saco de una bolsa de casa Drago un pedazo de la pelota, mi hermano trajo el otro pedazo que el juntó, y el chino el trozo que faltaba. Los gajos estaban rasgados, la pintura arañada, como si le hubiesen pasado un rayador.
- Que hacemos, con estos pedazos? Dijo el chino.
- Y si mañana se los llevamos a Orellano, el que arregla pelotas que está en la 21? Dijo Gustavo.
Y así fue que el lunes cuando volvimos de la escuela nos volvimos a juntar en la puerta de casa y de allí, todos juntos salimos despacio y con la cabeza gacha a lo del arregla pelotas.
Llegamos al taller de Orellano, entramos y el viejo estaba sentado en su banquito de madera, cosiendo una N°5 con dos agujas.
Yo saque de la bolsa los pedazos de la pelota y le pregunte si se podía arreglar. El viejo, abrió los ojos grandes, nos escruto con su mirada y pregunto:
- ¿Qué le paso a esta pelota?
Le pasaba sus dedos a los gajos arañados y luego recorría con la yema los bordes desgarrados. Levanto la vista y en voz baja dijo
- Otra vez apareció. ¿Cuándo les paso esto?
Ninguno de nosotros abrió la boca, entonces, el viejo dijo
- Yo sabía que algún día iba a volver, me paso cuando era como ustedes y jugábamos en un terreno donde ahora está el barrio PYM. Mi abuelo, que trabajo en la Carotenuto haciendo adoquines, me conto un día que mientras descansaban, jugaban un partido y apareció un bicho como un gusano grande y gris que se le comió la pelota. Yo no le creí al abuelo hasta que me paso. No puedo saber la fecha exacta, pero aparece cada 50 o 60 años, cuando le da hambre, o simplemente tiene ganas de joder.
El viejo tomo los pedazos de la pelota y nos despidió diciéndonos que se la dejáramos, que la iba a arreglar, que pasáramos el viernes.
Volvimos el viernes, otra vez al salir de la escuela, nos volvimos a juntar en casa y salimos para lo de Orellano. Llegamos, el viejo nos sonrió y nos entregó la pelota. La había dejado impecable, blanca brillante, como nueva!
No nos quiso cobrar un solo peso, nos miró fijo, acaricio la cabeza de mi hermano y nos dijo:
- No tengan miedo, ese bicho de mierda, cada tanto aparece, pero no le concedan la gracia de dejar de jugar al fobal, nosotros nunca dejamos de jugar, ustedes tampoco lo hagan.
Nos llevamos la pelota y la guardamos en mi casa.
Llego el sábado, terminamos de almorzar y como era habitual, el primero salía a tocar timbres para juntar a la barra.
Salimos caminando despacito, amuchados hasta llegar al potrero. Nos quedamos quietos sentados en el pasto, en el medio de la cancha, sin jugar. De repente, tímidamente Edgardo y Walter se pusieron a patear, la N° 5, despacio y se sumó Puli, luego Gustavo, luego el Chino, y así, sin darnos cuenta casi, hicimos pan y queso se armaron los equipos y arranco el clásico de los sábados.
¿Qué paso con la bestia? Nunca más tuvimos otro incidente, el devorador de las N° 5 desapareció, o se escondió, hibernó, no supimos nada, ni nadie más volvió a mencionarlo. Los partidos en el barrio son un recuerdo, el devorador de las N° 5 también.