miércoles, 1 de agosto de 2012
ECOS EN EL TANQUE
Hace ya muchos años, apareció un verano en los alrededores del barrio PYM, un personaje, misterioso y a la vez atractivo. Se presentaba así mismo como adivinador, pero no se manejaba con las artes clásicas de este tipo de profesionales, ya que, no utilizaba cartas, ni tomaba las manos de sus clientes para leer sus palmas. Mezcla de mercachifle, político de pueblo y juglar, se sentaba al resguardo de la sombra del tanque de agua que se encuentra en el Cerro El Triunfo y allí esperaba a sus ocasionales clientes. Las primeras en acercarse a probar suerte con el adivino, fueron las damas, algunas por curiosidad, otras con la esperanza de encontrar el amor o la fortuna. Lo cierto es que el adivino, comenzaba su introducción relatándoles a las señoras o señoritas, momentos de sus vidas, charlas con amigas del barrio y hasta alguno que otro secreto. Lo cual por cierto, las dejaba de entrada anonadadas y esto se trasformaba en su principal arma para fidelizar a estos clientes. La noticia acerca de la puntería adivinatoria de este personaje creció exponencialmente y en cuestión de horas, las filas de vecinas y vecinos del barrio ya era de varias cuadras en derredor del tanque. El halo de misterio creció casi al ritmo de la cantidad de clientes ya que, les podía hacer mención incluso de comentarios y charlas que habían tenido mientras esperaban ser recibidos por él. Las chicas pudieron enterarse, quien de los chicos del barrio estaba de ellas enamorado, las señoras pudieron saber con certeza, cuál de sus vecinas la criticaba a sus espaldas, lo cual generó más de una pelea. ¡Hasta se podía saber de qué vecino era el perro que hacia sus necesidades en nuestra puerta! Con los servicios del adivino, se podía saber que día vendrían los cobradores, cuánta plata jugaba cada quien a la quiniela, que nota se había sacado el hijo de la vecina en el boletín. Pero lo que comenzó como un hecho increíble y provechoso, concluyo en una tormenta de chismes y chismeríos que termino con el barrio entero peleado y sin dirigirse la palabra. El adivino, seguía y seguía siendo cada vez más requerido, los vecinos gastaban sus ingresos casi por completo en sus consultas, lo que comenzó con un cajón de manzanas como asiento y una improvisada mesa de madera, ya se había transformado en una suerte de gazebo con sillones estilo Chesterfield, mesas y sillas y hasta luz eléctrica y baño. Si bien toda esta parafernalia le brindaba al adivino un gran confort, las autoridades del municipio lo intimaron por carta documento, a que se trasladara, ya que estaba prohibido acampar en los parques y paseos públicos y el Cerro que si bien para nosotros los del barrio era nuestro patio, en realidad es eso, un parque y un paseo público. El adivino se resistió con uñas y dientes a cambiarse de lugar, hasta inicio una huelga de hambre y se encadeno al caño del pararrayos. Un vecino le ofreció instalarse en un terreno de su propiedad, pero el adivino no quería saber nada de irse de al lado del tanque, hasta que fue retirado por la fuerza pública. Se terminó instalando con sus bártulos en un terreno cercano, pero para sorpresa general, sus dotes adivinatorias se fueron perdiendo, ya no acertaba ni cara o ceca de una moneda. Su prestigio se derrumbó casi con la misma velocidad con la que se hizo famoso, hasta que desapareció del barrio. Pasaron muchos años y un día en los que estaba caminando por el cerro, veo a un viejo encorvado y sucio que pegaba su oreja a las paredes del tanque y así, iba caminando a su alrededor y a cada paso volvía a colocar su oreja contra las paredes del tanque. Me acerque y su mirada me resulto conocida, le pregunte que hacía y si podía ayudarle a lo que él me respondió –“No amigo, gracias pero ya no logro escuchar nada en estas paredes, hubo unos días en el pasado, en el que podía oír a través ellas. Estas supieron guardar los secretos de este barrio”. Fue así que recordé y le pregunte si era el aquel adivino que estuvo por el barrio en los años de mi infancia –“Si, me respondió, era yo, estas paredes vaya a saber si por su forma cóncava o por el volumen del agua contenida, tenían la propiedad de absorber lo que la gente decía. Yo tuve la capacidad de poder o saber escuchar todo eso que allí estuvo guardado y lo supe utilizar en mi provecho, pero como todo engaño, es breve, efímero. Hoy ya no puedo escuchar nada, o bien ya las paredes no tiene esa propiedad de almacenar los dichos de la gente del barrio”. Se me quedo mirando por un instante, y después dio media vuelta y salió caminando despacio, por la bajada de la 27 y su figura se fue haciendo cada vez más pequeña hasta que ya no lo vi más. Debo reconocer que cada vez que paso por el tanque de agua, no puedo resistir el impulso de pegar la oreja a alguna de sus paredes y esperar para ver si escucho alguna palabra, una frase, un secreto, pero nada solo se escucha el sonido del viento al pasar por las copas de los arboles del Cerro.
martes, 9 de agosto de 2011
El Silbido de Suipacha y 27
El Barrio PYM, tuvo desde sus comienzos algunas particularidades. En él, no solo vivían personas, seres humanos comunes y corrientes, habitaban también algunos seres sobrenaturales. Estos seres, en algunos casos producto de la imaginación colectiva, influyeron en el barrio y hasta podría decirse moldearon de cierta forma el carácter de sus habitantes. Un caso similar al de los habitantes de la antigua Roma, que haciéndose eco de las predicciones de Eritea, vivían en temor absoluto de los Periteos. Si bien este tipo de situaciones dista mucho de las acaecidas en el barrio, sirve para ilustrar un hecho sucedido hace ya algunos años.
El Silbido de Suipacha y 27, debe su nombre al lugar donde comúnmente hacia sus apariciones. Era un ser extraño y peligroso para algunos, hasta el momento nunca fue sujeto de estudio ni formo parte de ninguna compilación, bestiarios, etc. Era más bien tímido pero no por esto, los habitantes del barrio se negaban a restarle peligrosidad. Al principio, no se dejaba ver, posiblemente le diera temor salir y andar entre los hombres. Se lo podía escuchar en esas mañanas de invierno, donde el deber de la escuela, nos sacaba a la calle bien temprano, con la orejas frías y la nariz colorada. Su silbido era tan claro y musical, que merecería el calificativo de canto. Muchos fueron los que se perdieron cuando se internaban en el baldío de pajas e hinojos, en donde hoy se encuentra el Colegio Nacional. De ellos nunca se supo más nada, solo unos pocos pudieron informar de lo sucedido, los que se libraron a tiempo del encantamiento, contaron y escribieron al respecto con proliferación de detalles. Esto hizo que El Silbido, permaneciera oculto por algún tiempo. Lo cierto es que las tropelías del personaje no se hicieron esperar y las desapariciones comenzaron a sucederse, a ser noticia, parecía no haber forma de detenerlas. Las desapariciones, comenzaron a ser cosa común, se decía por aquel tiempo que algunos aprovechaban este escenario para abandonar a sus esposas, y así justificar algunas noches de farra. La Policía local, presionada por la ONG Mujeres sin marido, inicio una investigación tendiente a esclarecer estos hechos. Según figura en los registros de la época, luego de entrevistar a todas las damas, que victimas del Silbido, habían perdido a sus maridos, concluyo que este ser, atacaba solo a hombres. Acto seguido se dispuso a buscar paralelos en casos anteriores y siguiendo los consejos de algunos eruditos locales, se internó en la lectura del libro de Las Mil y Una Noches, y el compendio de seres imaginarios de Jorge Luis Borges, tratando de encontrar en estos relatos algún ser, un Efrit, etc, con características similares y así poder establecer un patrón operativo.
Mientras todo esto sucedía, El Silbido, ajeno a manejos burocráticos, seguía cobrando víctimas. A pesar de algunas teorías, muchas de ellas esbozadas por amantes de la ciencia ficción, entre ellos nuestro amigo Puli, que insistían en la existencia de una puerta hacia otra dimensión, es el día de hoy que aún se desconocen los motivos que impulsaban a este ser a obrar de esa modo. Alguien alguna vez se pronunció, tal vez, con la explicación más aproximada, diciendo que se trataba de un ángel que desafío al Dios del canto y este lo rebajo a la categoría de silbador, hasta tanto reuniera un auditorio lo suficientemente grande y así lo liberaría de la condena impuesta. El tiempo transcurría y parecía imposible parar su derrotero de secuestros, no había forma de seguirlo, además, desaparecía cuando se intentaba acercarse con la intención de atraparlo, se desvanecía ante la sola presencia de la gente. Pero entre tanto predicamento e inconvenientes, surgió algo que cambio diametralmente la realidad, El Silbido se enamoró. En realidad, todos los monstruos han amado alguna vez, no podemos olvidar a Macbeth. Pero volvamos al monstruo local, El Silbido hacia sus apariciones en Suipacha y 27, por aquel tiempo, una mujer, una belleza única que había dejado la adolescencia hacia muy poco transitaba por Suipacha a diario, su hogar estaba cerca del Cerro el Triunfo y esta calle era un recorrido casi obligado para llegar a distintos lugares de la ciudad. Su belleza se destacaba, en aquellos años, por sobre de todas las mujeres de la ciudad. Tenía el cabello negro, una figura de curvas suaves y rostro de ángel adornado por bellos ojos de color azul verdoso. Realmente fueron pocos los que no estaban prendados de los encantos de esta belleza local y se trasformaban en sus admiradores, confesos o no. El Silbido, no pudo permanecer al margen, el verla a diario desato en él una pasión que lo perdió. El simplemente se enamoró. En virtud de su origen oscuro y en su deber, se había prometido no descender a hablar de amor, mucho menos con una simple mortal, pero le fue imposible. Una tarde en la que ella pasaba como de costumbre, por Suipacha y 27, El Silbido salió a su encuentro y entono para ella una melodía maravillosa, tan es así que la bella no pudo resistir al embrujo del monstruo. Ella sabía de las actividades de El Silbido, pero su sentimiento hacia el monstruo estaba por encima de la razón. Pasaba el día odiándole, cuando se enteraba de alguna atrocidad cometida por su amante, prometiéndose permanecer fría y severa, pensando que así el concluiría con sus tropelías, pero llegado el momento de sus encuentros, siempre cedía al influjo de su amado. Mientras esto sucedía, las fuerzas locales del orden llevaban adelante su investigación con más obstinación que fortuna. La bella y el silbido eran vistos a menudo caminar por los senderos del Cerro El triunfo, y esa era la oportunidad que esperaban para poder atraparle. Sabían que este ser era débil en sus apariciones físicas, cuando tomaba forma, para poder así, disfrutar de los favores de la bella.
Para que el plan fuese perfecto, debían contar con la colaboración de la dam y esto al parecer era el punto más difícil. El hecho era que había que convencerla y los hombres del pueblo sabían de sobra que esto no era una tarea fácil, ya que muchos de ellos habían intentado enamorarla de múltiples formas y así alejarla del monstruo. Había algo más en esta mujer, tal vez la proximidad con El Silbido había desarrollado en ella una capacidad de encantamiento tal que con solo mirarla, a duras penas podía uno resistirse a su seducción. Pero quien la oyera hablar y sobre todo si llegara a entablar un dialogo con ella, no podía de modo alguno librarse de tan extraordinario encanto. Hasta hubo quien dijo que prefería enfrentar al monstruo. A falta de voluntarios, fue el comisario local, quien personalmente llevo adelante el plan. El comisario pudo contactar a la mujer y luego de varias hora de conversación logro convencerla. Lamentablemente aquel pobre hombre, jamás tuvo descanso de la pasión que lo acompaño hasta el final de sus días, que concluyeron por mano propia, ante los reiterados desprecios de la bella. Con la ayuda de la mujer el plan funciono, en esta tarea, algunos de los ayudantes del comisario fueron atrapados por El Silbido que al verse acorralado, cual Gorgona, los trasformó en piedras que quedaron mezcladas con las del Cerro El Triunfo. Una curandera local, sugirió la posibilidad de devolverlos a la vida si eran rociados con una poción de agua, sal y algunas hierbas y fue así que con la ayuda de gente del barrio PYM, se procedió a mojar cada piedra que había en el cerro, con la mezcla preparada por la curandera. Pero esto solo sirvió para el descredito de esta mujer. El silbido estaba encerrado y si no fuese por la turbación que provocaba la pasión por la bella el comisario hubiese gozado este momento de sublime gloria personal. Si bien no se sabía ciertamente como proceder para eliminar al monstruo, se supo que el comisario, para contar con la ayuda de la bella, tuvo que concederle algunos privilegios. Así fue que la mujer se presentó a visitar al Silbido, este se encontraba encadenado y con sus ojos tapados, por precaución. Su boca estaba también tapada con una gran cinta adhesiva. Al llegar cerca de él, solicito al guardia que le quitara la cinta de su boca, el comisario accedió al pedido y el guardia dejo descubierta la boca del monstruo. A sabiendas de la traición de ella, El Silbido no la miro y para sorpresa de todos, comenzó a hablar. –“Querida amiga, lamento el amor que me tomo, en vano busco el mérito que pudo haberlo inspirado. Pero por favor, volvamos a sentimientos más mundanos, olvidemos las ilusiones que nos perdieron, yo no puedo ser suyo. Quizás la mala fortuna que ha acompañado a mis actos se debe a que siempre estuve en pecado. Pero el peor de todos, sin dudas, fue amarla sin atender a los consejos de la prudencia. Ahora, deberá disculparme, pero llego el momento de marcharme.”
Y diciendo esto, El Silbido de Suipacha y 27, desapareció, dejando ante los ojos de la bella, el comisario y el guardia, solo sus cadenas. Son muchas las teorías esbozadas que trataron de explicar su existencia. Particularmente hay una de ellas que a mi entender es la más cercana, o al menos la que en particular más me gustaría que fuese certera. Es la teoría del doble, pero no el concepto del doble Escoses, mucho menos el Alemán, me inclino por la teoría Judía del doble, según describe, este no era presagio de muerte, sino por el contrario, certidumbre de haber logrado la iluminación y el paso a un próximo plano. Sé que esta era la misión de El Silbido, la de llevarnos a un estado superior, pero como muchos otros seres con idénticas misiones, fue un incomprendido.
De todos modos, algunos dicen que la amenaza del silbido, aún pesa sobre los habitantes del Barrio PYM, como pesa sobre todos nosotros la sustancia del amor no correspondido, del amor imposible, la búsqueda de un amor que por perfecto raya en el absurdo.
EL LLANTO ERRANTE
El llanto errante, se presentaba de repente, sin avisar. Solo bastaba el hecho simple y cotidiano de andar caminado por los alrededores del Cerro El Triunfo, o bien por alguna de las sinuosas callecitas empedradas del Barrio PYM. Este personaje misterioso convivía con el común de la gente y se daba mayormente con los seres más sensibles y melancólicos a los cuales detectaba vaya uno a saber de qué manera. Esa suerte de imán detector lo llevaba a tener encuentros habituales con la gente de nuestro barrio. Algunas veces, El Llanto solía cometer alguna travesura. Del mismo modo que detectaba a los sensibles, también detectaba a los duros. A los que más le gustaba sorprender y con los que disfrutaba jugar, era con los que se decían a sí mismos machos. A estos, generalmente, los sorprendía en alguna reunión en el Club El Riojano, jugando al tute, o bien, mientras comían algún asado en alguna peña. Allí los tomaba por asalto y los hacia lagrimear y llorisquear desconsoladamente. Pero lo habitual en él era la búsqueda de seres sensibles, particularmente con las damas era con quien lograba una suerte de simbiosis. La Kabbalah, cuenta que Dios registra cada lágrima de una mujer, El Llanto también lo hacía. Las mujeres eran sus amigas por naturaleza, algunas solían compartir con el largos ratos, se las podía ver sentadas en los bancos de la plaza de la cruz, en el paredón de piedra de la ex OSSBA o bien sentadas en los gabinetes de gas en las veredas del barrio, lamentablemente, la sensibilidad no es un don que abunda, de allí que eran pocos los que podían ver estos encuentros. La gran mayoría, veía solo a la mujer a la que en comúnmente tildaban de loca. Cuando El Llanto Errante hacia sus apariciones, el llorar era un ejercicio inevitable, lo cual dejaba en ridículo a los machos que comenzaron a perseguirlo. Una a favor del llanto era que, la natural ecuación muestra, que a mayor machismo, menor sensibilidad, lo cual hacia que El Llanto fuera imperceptible para estas personas. Igualmente estos tipos iniciaron una persecución sin cuartel contra el singular personaje, sus técnicas de detección fueron tan burdas que generaron no más de un problema, sobre todo con las mujeres. Quien sabe a quién de estos energúmenos se le ocurrió, que una buena forma de sorprender al llanto, era seguir a las damas y en el momento en el que se encontraban sentadas en alguno de los bancos de la plaza o en el paredón de piedra, arrojarles un balde de pintura y allí ipso facto, atraparlo. Esta burda técnica de detección, genero una bataola generalizada, las damas del barrio sumamente indignadas reclamaban a los machos, las correspondientes disculpas y el resarcimiento económico que incluía, peluquería, manicura, zapatos y prendas de vestir. Lo cierto es que este tipo de actitudes contribuyeron a que El Llanto Errante, minimizara sus apariciones, quizás avergonzado y en cierta forma sintiéndose culpable de las molestias que su amistad les ocasionaba a las mujeres, sus amigas. El tiempo fue transcurriendo, la vida y los menesteres más mundanos, fueron restándole tiempo y alejando a las damas de los encuentros con este personaje. Así fue que El Llanto Errante, se vio cada vez más solo, menos requerido y lentamente, desapareció. Sin hacer mucho ruido, se encamino hacia el olvido y jamás regreso.
jueves, 7 de abril de 2011
LA PLUMA CON TINTA VERDE

La mágica energía del sol, se esfumaba entrada la tarde en Valparaíso, era un día común, un jueves de mediados de enero en el que, los que no gustan del calor, ruegan por este momento entre tibio y fresco que da el atardecer.
Estaba recorriendo la ciudad, era la primera vez que la visitaba y todo para mi tenía el valor agregado de la novedad. Había estado caminando desde temprano y el cansancio comenzaba a hacerse sentir. Ya de regreso al hotel, caminando por una calle un tanto oscura y empedrada, de un portal salió a mi encuentro un anciano. No recuerdo muy bien su aspecto general, si recuerdo el momento de temor intenso que experimenté ante ese hombre. Si bien era un anciano, sus ojos de un color muy pálido, grises, le daban una apariencia extraña, tenía un olor rancio que llenaba todo el aire y secaba la garganta. Al acercarse no dijo mucho solo buenas tardes, metió su mano en el bolsillo lateral de un saco de paño que vestía a pesar del calor, y extrajo una lapicera, una pluma fuente de color negro con detalles dorados. En el momento en que me dirigí al viejo me temblaba la voz y salieron de mi boca solo un par de frases inconexas. El intervino de inmediato.
-No diga nada, no hace falta, tome la pluma por favor, ella y yo llevamos ya mucho tiempo esperándolo.
Y diciendo esto se volteo y comenzó a alejarse. Quise preguntarle algo, pedirle alguna explicación pero estaba paralizado, trate de llamar su atención pero no me hizo caso. Al alejarse murmuro una frase, algo como This age of cant.
Pude reconocer algo de Byron en ella.
Cuando llegue al hotel todavía no podía salir de mi asombro, me senté en una de las esquinas de la cama y comencé a observar la pluma, era una pluma común clásica, de excelente calidad. Tome una de las hojas de notas del hotel y escribí mi nombre en ella, note con sorpresa que la tinta era de color verde. Luego comencé a dibujar flores y pececitos sin reparar en lo que hacía. Me detuve en el instante en que tocaron a la puerta, era el conserje para avisarme que habían aceptado mi tarjeta de crédito. Luego de esa banal interrupción, tome un baño salí del hotel y me dispuse a buscar un restaurante, la pluma quedo sobre la mesa al lado de la cama. Esa noche tuve sueños un tanto raros, como de otra persona.
Salí temprano a desayunar, llevaba conmigo algunos libros de trabajo y hojas en blanco. También la pluma con tinta verde, mientras tomaba el café, comencé a escribir algunas notas de viaje e informes, note que la escritura tomaba la forma de versos y luego una suerte de prosa desordenada. La descripción de un pueblo a orillas de un rio de montaña, etc. Pero no era yo, era la pluma, el instrumento, no había vínculo entre ella y mi mente. Era como que escribir solo implicaba seguir escribiendo, ficción y realidad estaban separadas solo por pequeños detalles casi imperceptibles. Por momentos, tuve que esforzarme para mantener la conciencia y no perderme llevado por la pluma, su verde tinta y su propia causa.
Los días fueron transcurriendo y todo se daba en torno a la pluma y su mandato, escribir. Me veía a menudo tan compenetrado en la escritura, podía esta en tres continentes de forma simultánea. Lugares de oriente, más precisamente de Asia, luego me ubicaba en lugares de Europa, donde puedo reconocer algo de España en ellos. Y Sudamérica, montañas y lagos conocidos. En un principio lo que escribía era confuso, diálogos entrecortados, descripciones minuciosas de ciudades exóticas, cosas sin conexión aparente.
Lo que comenzó siendo una revelación término en una suerte de vicio. Pasaba días enteros encerrado, sin bañarme, a veces sin comer, dormía en cualquier lugar de la casa, donde me ganaba el sueño.
Comencé a desvariar, a no reconocer las cosas como propias, y era en esos momentos donde la tinta verde salía a borbotones y al contacto con el papel, se transformaba en versos maravillosos.
Todo iba bien, ya había escrito algunos relatos y una sucesión de versos de muy prolija rima y de gran inspiración. Apelando a la amistad con el editor de una revista de variedades, le pedí que me recomendara a alguna editorial, con la intención firme de publicar lo que consideraba mí opera prima. Yo, que nunca había sido un amante de la literatura, muy a pesar de los ruegos de mi madre, estaba entusiasmado con publicar aquellos versos de perfecta métrica y depurado estilo.
La sorpresa y la desilusión, fueron tremendas. Me decían si mi intención era una reedición, que esos versos no eran míos. Se los atribuían a un tal Ricardo Neftalí Reyes Basoalto, un Chileno apodado Pablo Neruda. Insistí, amenace con iniciar acciones legales, me retiraron con la seguridad de las oficinas de la editorial. Seguí presentándome en otras tantas con la misma suerte, hasta que me detuvieron, por daños a la propiedad, un amigo pago mi fianza y me llevaron a un hospital por mi precario estado de salud. Cuando me recupere, los deseos de escribir eran irrefrenables, mi insistencia con la publicación de mi obra se tornó insostenible hasta que me encerraron.
Hoy, en mi reclusión, los amigos que me visitan me observan a través del cristal, los escucho hablar entre sí, dicen no reconocerme. Hoy paso mis días entre estas paredes de color marfil, de vez en cuando, liberan mis manos de este chaleco de lona, y me dan pluma y papel, nunca más tuve contacto con la pluma con tinta verde, no sé cuál fue su destino.
martes, 5 de abril de 2011
El Plan B
El plan B
El, la miró. Bajando y levantando la vista, como cuando se teme a un resplandor. Luego balbuceo una entrecortada disculpa.
-No es solo culpa mía dijo, mientras la volvía a mirar de costado.
-Lo que más me molesta es que no reconozcas tus errores replico ella.
Está bien no llevemos esto a un sitio sin salida, la idea ya estaba instalada en tu cabeza cuando yo te la propuse, además sin tu apoyo y tu incentivo no me hubiese arriesgado a hacerlo.
La cabeza de el apenas echada atrás, reflejaba en su incipiente calvicie la luz de la lámpara del comedor. Ella no decía nada, solo lo miraba negando con movimientos de cabeza y con un rictus de desaprobación en sus labios.
-Tenes que reconocer que si bien acordamos en un principio, nunca estuve convencida con la manera de llevarlo a cabo.
-¡Ah claro! Ahora como el plan fallo me queres cargar con toda la culpa.
Casi sin querer él dijo –Justo ahora que teníamos la oportunidad de hacerlo… porque a Osvaldo no lo vamos a poder convencer nuevamente. Está muy asustado con tantas preguntas de la policía y la gente del juzgado.
-No te preocupes, Osvaldo no va a hablar. Además si lo hace el también queda pegado.
Era la misma hora en la que lo habían intentado, a esa hora el coronel acostumbra a dar su paseo vespertino. Estaciona el auto frente al parque y camina circundándolo tres veces. Su chofer y guarda espaldas lo sigue con la vista desde dentro del auto.
El momento justo es cuando pasa frente a la iglesia, allí está la callecita lateral, que comunica con los fondos del teatro municipal. El tarda unos cinco minutos en cruzar el ancho del portal de entrada. Su paso es firme a pesar de la pierna ortopédica y su bastón.
Ella dijo –Ves, a esta hora tendríamos que estar de nuevo parados allí.
-No te preocupes, tenemos otra oportunidad para intentarlo, o también podemos intentarlo en el campo, si la tenemos complicada aquí. Osvaldo tal vez nos va a ayudar de nuevo, vas a ver. El goza de un gran concepto con el coronel, son quince años que trabaja para él. Justo cuando murió el viejo Miranda, el entró, ¿te acordas?
-Si por eso es que creo que la policía no sospecha de él. Tendríamos que llamarlo.
-No, tratemos de encontrarnos, esto hay que hablarlo en persona, además que tal si le intervinieron el teléfono, es muy arriesgado, mejor veámoslo en su casa, como una visita de amigos.
Ella se acercó a la ventana y suspiro, en el cielo las nubes semejaban montañas cargadas de nieve. Invitaciones a travesías sin más límites que la propia cordura. Tal vez fueron esas imágenes las que la devolvieron a sus recuerdos de niña cuando nada sabía aun del horror de los hombres. En esos paisajes nevados fue que decidió, aun siendo niña que no habría para ella más sueños que los que pudiera realizar, sus ideales se fueron concibiendo inmaculados como esas cumbres que observaba a diario.
Sacudiendo al cabeza, volvió a la realidad. Se dio vuelta y lo observo con una mezcla de ternura y lastima. Es tan débil, pensó, pero ya estaban en una situación en la que les sería difícil salirse sin que alguno fuera lastimado.
-Qué te parece si nos vamos al campo y lo esperamos allá. El mes que viene es setiembre y el coronel siempre visita la estancia en primavera, podemos poner sobre aviso a Osvaldo y listo. Sería más fácil. Sinceramente no aguanto más esta espera.
-No seas ansioso, ahora no podemos cometer errores. Atende el teléfono por favor.
-Es Osvaldo, esta llamado de un teléfono público, está muy asustado, dice que se vuelve para el campo.
-Está bien, decile que se vaya y que se ponga a trabajar como si nada hubiese pasado.
El colgó el teléfono y la miro con ojos interrogantes. -¿Qué pensas hacer?, le dijo.
Ya veremos. Convendría que vos también te vayas, podes ir a Bahía Blanca y esperar en departamento de papa. Dejame que busco las llaves. Instalate allí y espera que te llame, estate listo para salir del país.
-¡No podes ahora dejarme afuera, yo ya di la cara por vos la primera vez!
-Si puedo, es lo mejor, haceme caso y andate.
El comenzó a poner sus pocas ropas en un bolso negro y a mover el cabeza resignado. Ella se sentó y encendió el televisor. Mientras miraba el informativo de las 20:00, sintió como la puerta de salida se cerraba de un fuerte golpe.
Al día siguiente termino con los preparativos y se fue. Espero sentada en las escalinatas de la iglesia, sus ojos con las pupilas dilatadas, captaban cada momento y cada movimiento en el lugar, tal vez presagiando que nunca volvería a sentarse en ese lugar. Estuvo toda la mañana sintiendo el sol en la cara. Desde las siete vio el desfile de los chicos que pasan para la escuela, a los mozos de la confitería Jockey que entraban a trabajar. Vio el devenir de los colectivos de la línea 512, y hasta pudo observar un cortejo fúnebre de varias cuadras.
Ya por el medio día, pudo ver el regreso de los mismos niños que había visto llegar en la mañana, vio salir también los mozos y a cientos de transeúntes que caminaban, a diferente ritmo. Así transcurrió gran parte del día hasta que las campanas llamando a misa de las diecinueve, tocaron. Metió la mano en el bolso y al tacto comprobó que el revólver, ese 38 de caño de dos pulgadas que había sido de su tío, estuviera cargado, rozo con la yema de los dedos el plomo de las balas.
Se quedó inmóvil por un largo rato, hasta que vio aparecer el Mercedes Benz, verde claro del coronel. El chofer estaciono en el lugar de siempre sobre la vereda de la sombra en la calle Vértiz. El coronel bajo del auto y con paso erguido cruzo la plaza para encaminarse al portal de la iglesia. Ella salió a su encuentro, despacio, como quien por primera vez sabe que va a hacer en su vida. Cuando llego a cruzarse con el coronel, simplemente y con un movimiento estudiado, le descargo los primeros tres disparos en su pecho, luego, mientras todavía el seguía de pie, le descerrajo dos en la cabeza, a la vez que como si rezara, repetía - por Jorge, Clara y Papá.
Luego, ya no se detuvo a pensar en su madre ni su hermano, que estaban en Bahía Blanca, ni en su novio, Andres. Ya no pudo pensar en todos los planes que había imaginado y no realizaría jamás. Solo utilizo esa última bala, disparando en su cabeza.
martes, 22 de marzo de 2011
MODERN LOVE

Puedo verte a través del tiempo, de lo clásico, de la modernidad y la posmodernidad. Pasando por esta actualidad ecléctica.
Allí estas, de pie y puedo verte por la doble altura del atelier de Ozenfant, subiendo por las cuestas suaves de las rampas curvas de la Ville Saboye.
Tu mirada puesta en el infinito, en la perspectiva interminable del curtain Wall.
La tenue luz que se cuela por los muros de Romchamp, baña suavemente tu rostro, resaltando en sus claroscuros la perfección de tus rasgos. Sin interrumpir tu rezo, me alejo y me adentro en el sinfín de colores de los muros del acceso que como un caleidoscopio desorienta mi mente y hace que me olvide de ti por un instante.
Te busco, perdí tu rastro en Marsella, pero sigo tras de ti, el torero de Picasso me señala el camino, de a ratos estoy más cerca. Douglas me atrae y su blancura contrasta con el verde del bosque que crece en la ladera y el azul intenso del lago, todo es un marco para el dorado de tu piel. La linealidad de sus columnas y las aristas vivas de sus muros, dialogan por oposición con la suavidad de tus formas, que realzan aún más la belleza del entorno.
Busco pistas en los cinco postulados, pero caigo en el monismo de pensar solo en ti, tu como única idea. El grial en esta búsqueda, se vislumbra y se alcanza solo si logro de ti lo más difícil de obtener, lo más complejo. Tu perdón.
domingo, 20 de marzo de 2011
De amores imposibles o de como embozar el sentimiento

De amores imposibles o de como embozar el sentimiento
Les habían dicho que era peligroso enamorarse. Que se perdía la noción del tiempo, que se hacen cosas incoherentes, que uno anda por las calles despreocupado, mirando las casas, los negocios, sus vidrieras, silbando o cantando. Que la gente al mirarnos se daba cuenta por la expresión en los ojos.
En algún momento pensaron que era un privilegio el sentirse así ahora. Casi un premio a no sabía que.
Su entusiasmo no había decaído en esos meses en los que se veían y nunca supieron muy bien cómo comenzó, pero se conocían desde siempre, lo cierto es que se desconocían. Ella se presentó en su vida de repente, como las estaciones, que por más fechas establecidas comienzan sin avisar. Y así con una invitación que el tardo en responder, empezó todo.
“Si puedo esperarte bajo la lluvia sin pensar en que demoras demasiado y que mi apuro es solo por verte, esto es señal suficiente para ver que algo en mi esta cambiando, sentir que por ti vale la espera”
Pesaba sobre ellos el tiempo, su pasado. Tenían que cruzar la línea atreverse y amarse. Pero era como cruzar el puente de Sirat.
Para ello hay que tener el coraje de valerse por su propio entendimiento. Pero mientras el amor crecía en ellos, lo hacía también el miedo de forma paralela. Animarse era tan difícil, ante la comodidad del hecho simple de amar en silencio. Sin arriesgar es más fácil, no se expone uno a lastimarse por amor. ¿Se puede vivir a expensas del miedo a amar? Si bien se disfruta el calor de la adrenalina en las venas cuándo estamos cerca, es mucho más seguro si el otro no lo sabe. Y así pasamos el tiempo.
“…Veinticinco años después volví a verla, apareció de repente, de la nada, en una de las tantas calles de La Plata. No pude reconocerla en la primera mirada, y solo repare en ella como en una mujer bella que pasaba a mi lado. Ella me miro y fue en ese instante en que la observe en detalle, su cabello apenas ondeado y oscuro dejaba ver algún destello de plata, lógico paso del tiempo que toca hasta lo más sublime. En cambio sus ojos de almendra, expresivos y su inquietante andar, seguían intactos.
Vestía con el gusto diferente y exquisito de siempre y en el momento en que cruzamos la mirada supe que el influjo de este ser sobre mi seguía ahí, perenne como la hierba. Quise hablar, pero no me salía nada, en cambio ella simplemente dijo – Que gusto verte otra vez, y se inclinó para saludarme con un beso, pero yo mantuve mi postura y me hice hacia atrás levemente, un beso aun en la mejilla, era de solo pensarlo insoportable.
Su perfume, Halston, el de siempre me envolvió y me sumió en una suerte de sopor inexplicable. Entramos en un café, y en el devenir de la conversación nos íbamos midiendo poco a poco, viendo que caminos habíamos transitado, por diferentes lugares, en esos veinticinco años en los que desandando el camino fuimos llegando al lugar común en donde nuestra vidas tomaron rumbos distintos.
Ya con el segundo café, la conversación cambio el tono, y me permitió verla como era, independiente, tenaz, imprevisible como un día de primavera. Su atracción y la fascinación de su ser siempre fueron un desafío en mi vida, era ni más ni menos que una puerta abierta, el ser más buscado, más deseado, el menos conocido. Me dirigí siempre a ella de múltiples formas, supe que mis mensajes llegaban.
Ahora estábamos el uno frente al otro, ambos sabíamos que teníamos pendiente, nos debíamos tanto. Como siempre ella tomo la iniciativa. “Las personas cambian, uno conoce apenas una faceta, o quizás dos, de vos solo conocí tus silencios, por esos años pretendía una simbiosis, estaba equivocada.” Ella si me conocía, sabia donde golpear.
Ok, le respondí, pero vos viste lo que te interesaba ver, ambos estábamos embelesados, y no supimos distinguir que nuestras vidas tenían propósitos diferentes, yo conozco a Picasso por su obra, vos por el valor de subasta de sus pinturas. En ese momento pensé que si la atacaba, si la agredía, si podía ofenderla, ella perdería su encanto, su influencia sobre mí, y sin embargo, en ese momento comprendí que ella si había madurado.
Me observo en silencio y cuándo mi andanada verbal termino, solo sonrió, dio un sorbo a su café y con toda su hiriente dulzura, me clavo el puñal de una sincera disculpa y dijo simplemente no compartir mi modo de ver la vida. Como al pasar miro su reloj, abrió sus ojos radiantes, se levantó de su silla y sin dejarme siquiera reaccionar, retoco un poco sus labios, pidió y pago la cuenta, y con una nueva disculpa se despidió con un beso que apenas rozo mis labios. Aprovecho mi momento de parálisis, el humo de los cigarrillos y los cristales empañados, me impidieron verla partir. Y así se fue llevándose su clásica belleza.
No he podido olvidarla, a pesar de los muchos intentos, odiarla jamás podría. Siempre que puedo paso por esa calle, guardo la esperanza, de poder volver a encontrarla.
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